Estación Quilmes

  Santiago Espel

17 de octubre de 2010




Hombre de cierta fortuna

Entre los objetos de la descendencia encontró
dos corbatas, un título de propiedad de un terreno
en algún pueblo de la provincia, un reloj de oro,
una baraja española con mujeres desnudas
y una palangana de acero inoxidable.
Usó las corbatas durante veinte años;
por deudas inmobiliarias el estado terminó
por expropiarle el terreno;
empeñó el reloj para hacerse una dentadura de porcelana;
jugando, apostó la baraja y las mujeres desnudas y perdió;
finalmente, una tarde de lluvia en el balcón,
descubrió la sabiduría en el agua quieta de la palangana.


Ganchos

La última mujer con la que estuve
me dejó la casa llena de ganchos
de carnicería.
Me fui dando cuenta de a poco,
a los días de quedarme solo.
Ganchos ahora vacíos
y oscilantes como horcas.
De esos ganchos, mi última mujer
colgaba toallas, corpiños, bufandas
y grandes pañuelos de seda.
De la seda emanaban
perfumes oscilantes como horcas.
Cuando me quedé solo,
de a poco fui escuchando
el tenue balanceo de los ganchos:
un acero sinuoso
cortando el aire.
Al fin, no me quedó otra
que descolgar los ganchos,
uno por uno, meterlos en una
bolsa y tirarlos al río.
Si un día de estos vuelve
por los ganchos
le voy a decir que vaya a dragar el río.
Me acuerdo que el último gancho
que descolgué era realmente grande;
tan grande como para resistir
el peso de un viejo caballo sangrante.




Santiago Espel
Argentina - 1960

Nació en Capital Federal en 1960. Publicó en poesía: “Rapé”, 1988 (Faja de Honor de la SADE); “Pavesas & Muelles”, 1990; “Misas en Harlem”, 1993 (1º Premio de Poesía en el Concurso Nacional Ramón Plaza); “Cantos Bizarros”, 1988; “La claridad meridiana”, 2001 (mención en el Certamen Internacional "Letras de Oro 2000", Honorarte , y Divisa Nacional "Horacio Rega Molina"; “La víspera sí”, 2002; “Isoca”, 2004 y “Vulgata”, 2006. “100 haikus”, Ediciones La Carta de Oliver, 2008;
En 1995 publicó la novela La Santa Mugre o el País de Cucaña, en Grupo Editor Latinoamericano.
Dirigió la revista bilingüe de poesía (castellano-inglés) La Carta de Oliver, entre 1990 y 1999.
Actualmente coordina la colección de libros de poesía del mismo sello.
Integra la revista de poesía Omero.
Es miembro de la Sociedad de los Poetas Vivos.

  Javier Adúriz

16 de octubre de 2010




Cuestiones de la selva

1


Ahora recuerdo cómo abrías la cerca
con tu enorme cabezota. Eras tierno,
Tantor, toda vez que me avisabas
la llegada de ella con la mona Chita.

La cuestión marital en el reino selvático
se puso overa. Peor que una madeja
de lianas, descubrir el fondo inextricable
de su habla. Hacía rancho aparte.

No es fluido mi cristiano explicar
las cosas. Recordarás mi parca educación:
mi no servir para la hazaña ágil.

Aquí, en el geriátrico, me hacen
homenajes. Pero qué peleas Tantor;
en aquel tiempo, viejo, cuánta lucha.



2


Si te lo dije siempre, Chita, él
tiene algo de payaso. Es un acróbata.
Antes era el campeón de la liana,
y por eso lo quiero. Y él me quiere.

El tema es que ahora quiere volver,
dejar la silla de ortopedia y anda
de nuevo, con el asado de cebú.
Puede gritar lo que quiera. No lo oigo.

¿O quién pensás que paleaba la bosta
de Tantor? ¿Quién plancha todavía sus pañales
que pretende pintados de leopardo?

Lo pasado pasó y somos otros.
Chita, ¿me oís? ¿O te agarró el viejazo?
El amor tiene tanto de heroísmo…

Para Pía y Roberto Malatesta



Javier Adúriz
Argentino – 1948

De: “Canción del Samurai”
Ed. Del Dock – 2004

Nació en Buenos Aires en 1948. pertenece a la generación del 70.
Publicó: “Palabra sola” (1971); “En sombra de elegía” (1979); “Solos de conciencia” (1985); “Égloga brusca” (1993) y “La forma humana” (1999). También publicó la antología “Vámonos con Pancho Villa y otros poemas” en la revista Omero. Es autor de ensayos y traductor de poetas ingleses para la colección Traducciones del Dock. Recibió el premio Iniciación Nacional y dos veces el del Fondo Nacional de la Artes.

  Diego Roel

15 de octubre de 2010




Las variaciones del mundo


Todo nace y muere en mí

No hay nada que quitar, nada que añadir:
lo Real yace detrás del velo de las horas.

Todo nace y muere en mí.



Ahora voy hace ninguna parte,
Dejo que las cosas se aproximen.

No tengo nombre ni memoria.



Me inclino sobre la última imagen
y veo lo que sucede alrededor.

El viento arrastra papeles, palabras, objetos,
las infinitas variaciones del mundo.



Nada es real.

Sí, en este silencio
me deslizo como una forma sin cuerpo.

No quiero asirme a ningún gesto.



Ahora suelto las manos del tiempo
y voy hacia lo que está del otro lado.

Escucho lejanas melodías.



Porque se fugaron las categorías
y ya nadie designa o señala o califica.

Nadie dice esto es una piedra, un animal,
un hombre, un alma que transita
de cuerpo en cuerpo, en luz, en superficie.

Nadie dice esto es un fulgor, un pájaro,
el vientre oculto de las cosas

Ya nadie nombra, nadie.

En esta curva
la palabra no tiene peso,
consistencia.

Por eso
salgo a ver afuera
aquello que palpita adentro.

Intento decir lo esencial,
deletrear el invisible alfabeto de los ciegos.



Pero es inútil, otra vez
el discurso se fragmenta.
Y avanzo a tientas,
asido a penas a un color,
a un ademán del viento.

Aquí nada conjuga con nada:
se cayeron los nombres y los signos.

Y sólo queda un resplandor,
el armazón deshilachado de los días.



No tengo hacia dónde ir.

Me quedo quieto y espero
el golpe y la caída.

No tengo hacia dónde ir.



En esta orilla
me abro a la espiral continua de los sueños.

Y veo pasar los números, las letras,
las últimas banderas.

Soy un testigo.

Me quedo quieto y contemplo
la incesante sucesión.




Avanzo y retrocedo:
suelto las manos y los pies,
abro las piernas del lenguaje.

Y observo lo que está del otro lado,
aquello que tiembla, que tiembla y sangra.

Escribo en los márgenes,
en la fisura de los días.

Y alzo las manos,
mi corazón sin sombra.



En este mundo
nada puede ser alcanzado,
perseguido.

No hay nada que encontrar.

La flecha se convierte en círculo.



El menor gesto,
el menor movimiento nos aleja.



Por eso
hay que pararse en ese intervalo,
en ese espacio en blanco entre las letras.
Ya no hay separación:
estallaron las formas y los signos.



Nada es real



Ahora puedo ver más allá del lenguaje
ese Lugar o Corazón o Templo.

Útero del mundo. Oscura matriz de lo posible.



Sé que un día despertaré en una observación
completamente desnuda, completamente virgen.



Escribo como quien salta o juega o ríe o canta.

El poema apunta hacia lo que está detrás,
hacia lo vacío.
Lo que desvela se oculta entre las sílabas.



Entonces
quedarse quieto, vivir en soledad.

Y entregarse a lo que viene,
a lo que huye y salta.

Sí, hay que observar las señales
que dejen las horas en los cuerpos.



Escribo en los pliegues del paisaje.

Me aproximo a un lugar fuera del espacio y del
tiempo. A una zona de lucidez y silencio.

Al corazón azul del poema.



Uno a uno,
Dentro del Pozo caen
Los colores del Reino.
Las Voces del Aire me dijeron:

Hay un jardín más allá del vocablo. Hay un Jardín
que es un Desierto. Hay un Desierto que es un Mar.

Hay un Mar, un Jardín, un Desierto.



Camino sobre las Aguas.

Voy hacia donde caen las últimas banderas,
hacia donde brillan las piedras y cantan
las perdidas voces del Cielo.

No tengo peso ya.



Diego Roel
Argentino - 1980

Nació en Temperley y actualmente reside en Mendoza. Publicó “Padre Tótem/Oscuros umbrales de revelación” (Ed. Libros de Tierra Firme – 2004); “Diario del Insomnio” (Ed. Libros de Tierra Firme – 2005); “Cuaderno del desierto” (Ed. Libros de Tierra Firme – 2007) y “Las variaciones del mundo” (Ed. El Mono Armado – 2010) de donde es esta selección.

  Horacio Salas

14 de octubre de 2010




Y chau Buenos Aires

A más de diez mil metros sobre el agua
en el momento justo en que dos ojos verdes
me ofrecen una toalla perfumada
y no puedo concentrarme en la lectura
porque cinco muchachas argentinas suponen
- sin conocer a Hemingway es claro -
que París es de verdad una fiesta a cada hora
no pienso en la sonrisa
o en esa última foto en Medellín
(parece mentira que con miedo)
no recuerdo la camisa rayada la guitarra
y las nubes de las calcomanías
ni siquiera la voz

Volando en el sentido inverso a Magallanes
se han mezclado los cables
en un cortocircuito con chispazos celestes
y desde las Barrancas de Belgrano
sube el olor a enero y los colores de otoño entre
los árboles
y en lugar de Gardel es Fiorentino quien canta
por lo bajo
y me pregunto cómo le explico a esta azafata
portuguesa
que Gardel se murió en el treinta y cinco
que no había nacido todavía
y que sin embargo hoy cuando dejo la Argentina
sobre el asiento de este boeing
que hace escalas en Río y Lisboa
a mí se me entrevera con otras pertenencias.

(los puntos amarillos en los ojos de una mujer querida
los rostros del amor cuando escribía poemas en la
la almohada
los soles que dibujé en su cuerpo
las palabras de un misterioso idioma adolescente
algunos sueños que aún pueden justificar la vida
una ausencia que duele en todo el cuerpo
esa mirada triste de mis hijos
cuando me despiden en Ezeiza
una tormenta eléctrica sobre la Recoleta
cubriendo de relámpagos al alcohol y la noche
unas líneas de Borges que emocionan
No me abandona. Siempre está a mi lado
La sombra de haber sido un desdichado.
el humo de los tangos en San Telmo
ese rostro implacable
que choca conmigo en todas partes)

Cómo podría explicarle a esta rubia muchacha portuguesa
sin tenerla en los brazos sin amarla
- tan cerca como estamos de este cielo
al que le han desordenado las estrellas -
que Gardel hoy son todos mis recuerdos
y que yo soy Gardel
y no me he muerto.





Horacio Salas
Argentina - 1938

Nació en Buenos Aires el 13 de agosto de 1938. Entre sus libros de poesía se destacan “Memoria del tiempo”, “La corrupción”, “Gajes del oficio”, “Cuestiones personales” y “Dar de nuevo”. Es autor también de los ensayos “La poesía de Buenos Aires”, “La generación poética del 60”, “Borges, una biografía”, “El Centenario”, “Homero Manzi y su tiempo” y “El tango”. Entre numerosas distinciones, recibió el Premio Nacional de Crítica Literaria, el Premio Municipal de Poesía, el Premio Nacional de Ensayo y el Premio Konex. El gobierno francés lo condecoró con la orden de Caballero de las Artes y las Letras y, en el 2001, fue declarado por la Legislatura “Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires”.

Obra: Gardel (de Hermenegildo Sabát)

  Jorge Ariel Madrazo

13 de octubre de 2010




Galopan los jinetes del óxido
y Aquella que sabemos: siempre
al acecho.
La Gran Guadañera.
Su imbécil rueca de deshilar a las
terrestres criaturas.

¡No vales un céntimo vieja bruja!
Si piensas que te temo estás perdida.
Te la llevaste por pura traición.
Porque visteábamos hacia otro lado.
Porque olvidamos entibiar el frío.
Porque somos sólo carnada
para las mandíbulas de mercurio de la
Catástrofe.

Porque la ahuesada sintió celos
de Ella que fue la
mejor
que aún lo es en su sarcófago de hojas bajo el
cielo frente al río sus cenizas junto a las cuales nos
reuniremos, ya lo verás, venciendo a la miasma,
al azufre, a los orines incandescentes a
la cifra del invivir.




Jorge Ariel Madrazo
Argentino – 1931

De: “De vos”
Ed. El Mono Armado – 2008

Nació en Buenos Aires, en 1931. Es poeta, narrador y traductor. Publicó los libros de poesía "Orden del día", "La tierrita", "Espejos y Destierros", "Blues de Muertevida", "Cuerpo Textual", "Para amar a una deidad" y "De mujer nacido", entre otros. Recibió el Segundo Premio Municipal Ciudad de Buenos Aires (1987) y el Premio Fondo Nacional de las Artes (1998).

  María del Carmen Colombo

12 de octubre de 2010




Todas las noches, la madre china pone su mente adentro de una copita
quieta. La llena con sus diminutos pensamientos de alfiler. Es de jade,
la copita, y parece un párpado vaciado por la punta de una vara de
bambú. Puede ser también un pájaro mudo que se sostiene en una sola
pata de gallo.

La mente maternal imita el salto de los equilibristas, esos que tiran el
alma por el aire y cae, hecho un bollito, en las aguas secas del vacío.

A la mañana, la mente china sale lívida del párpado, como un pez o un
ánima que ha vagado por los vericuetos del limbo.




María del Carmen Colombo
Argentina –

De: “La Familia china”

Obra: Sky (de: Chiho Aoshima)

  Luis Alberto Crespo

11 de octubre de 2010




Chaparrón

Adelgazo como rabo de lagartija en el barranco
donde agua de chaparrones bajan, son piedras
golpeando el cuero de las calles
y ya no puedo decirme cosas
con la cabeza metida en los cerros.
Se cae el monte, anda en quebradas.
Yo no sé quién hace tanta buyaranga en los cables del teléfono.
Yo aquí soy igual al hombre de las mercancías:
una mano en la cara
para que los ojos no se vayan
en el sol del horror.
Y esos bichos en la ropa
y el capuchón de mosquitos que no me abandona,
que es como de loco.
Ando viejo, dándole a las latas con medio cuerpo en cardones,
con un poco de viento con tierra en la boca, con tierra roja.




Costumbres

Bajo el cielorraso cargado de lluvias
están los comerciantes y sus arreos de burro,
los de mercancías que hacen dormir.
Dejan una vejez en mis servicios,
y el polvero en los puentes
llevándole a uno las lejanías.
Trajeron una guitarra. La vi quemándose en el patio.
Y caminar, caminar,
hasta el río terminado en una piedra.
El agua me tiró lejos. Más allá
se borraban colinas y colinas.
Así toda la noche:
el cuerpo envuelto en aceite,
en sábana blanca
un tiempo llevado por las tejas,
a los quince años de vivir
creyendo estar en todas partes,
de querer ropas para volar
y la luna me pasaba silbando por la cara.



Luis Alberto Crespo
Nació en Venezuela en 1941. Obra publicada, entre otros libros: Si el verano es dilatado, 1968; Cosas, 1968; Novenario, 1970; Rayas de lagartija, 1974; Costumbre de sequía, 1976; Resolana, 1980; Entreabierto, 1984; Señores de la distancia, 1988; Mediodía o nunca, 1989; Sentimentales, 1990; Más afuera, 1993; Duro, 1995 y Solamente, 1996. Estudió Periodismo en la Universidad Central de Venezuela y en París. Dirige desde hace cinco años la Revista Imagen, del Instituto Nacional de Cultura CONAC