Estación Quilmes: Olga Orozco
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  Olga Orozco

13 de noviembre de 2022

 

DÍA PARA NO ESTAR


Vete, día maldito;
guarda bajo tus párpados de yeso la mirada de lobo que me
       olvida mejor;
camina sobre mí con tu paso salvaje, simulando un desierto
       entre el hambre y la sed,
para que todos crean que no estoy,
que soy una señal de adiós sobre las piedras;
cierra de par en par,  lejos de mí, tus fauces sin crueldad
      y sin misericordia,
como si fuera ya la invulnerable,
aquella que sin pena puede probarse ya los gestos de los otros;
y tiéndete a dormir, bajo la ciega lona de los siglos,
el sueño en que me arrojas desde ayer a mañana:
esta escarcha que corre por mi cara.
Aun sí, he de llegar contigo.
Aun así, has de resucitar conmigo entre los muertos.


De "Los Juegos Peligrosos" (1962)



VII



Aún conservas intacta, memoriosa,
la marca de un antiguo sacramento bajo tu paladar:
tu sello de elegida, tu plenilunio oscuro,
la negra sal del negro escarabajo con el que bautizaron tu
      linaje sagrado
y que lleva, sin duda, de peregrinación en peregrinación.
¿Para quién la consigna?
¿Qué te dejaste aquí? ¿qué posesiones?
¿O qué error milenario volviste a corregir?
Ahora llegas caminando hacia atrás como aquellos que vieron.
Llegas retrocediendo hacia las puertas que se alejan con
     alas vagabundas.
Tal vez te asuste la invisible mano con que intentan asirte
o te espante este calco vacío de otra mano que creíste
     encontrar:
Vuelcas el plato y permaneces muda como aquellos que
     vuelven;
como aquellos que saben que la vida es ausencia
     amordazada,
y el silencio,
una boca cosida que simula el olvido.



De "Cantos a Berenice" (1977)



Olga Orozco
(1920-1999) Nació en Toay, La Pampa, Argentina.


Bibliografía

Desde lejos (1946)
Las muertes (1951)
Los juegos peligrosos (1962)
La oscuridad es otro sol (1967)
Museo salvaje (1974)
Cantos a Berenice (1977)
Mutaciones de la realidad (1979)
La noche a la deriva (1984)
En el revés del cielo (1987)
Con esta boca, en este mundo (1994)
También luz es un abismo (1995)
Relámpagos de lo invisible (1997)
Eclipses y fulgores (1998)
Últimos poemas (2009)

Fotografía + info: https://www.cultura.gob.ar/100-anos-de-olga-orozco-8825/

  Olga Orozco

17 de abril de 2013




















En la brisa, un momento

                                                                                                            a Valerio

                                     Que pueda el camino subir hasta alcanzarte.
                             Que pueda el viento soplar siempre a tu espalda.
                      Que pueda el sol brillar cálidamente sobre tu rostro
                              y las lluvias caer con dulzura sobre tus campos,
                                                   y hasta que volvamos a encontramos
                                    que Dios te sostenga en la palma de su mano.
                                                                                         (Oración irlandesa)


¡Ya se fue! ¡Ya se fue! -se queja la torcaza.
el lamento se expande de hoja en hoja,
de temblor en temblor, de transparencia en transparencia,
hasta envolver en negra desolación el plumaje del mundo.
-¡Ya se fue! ¡Ya se fue! -como si yo no viera.
Y me pregunto ahora cómo hacer para mirar de nuevo una torcaza,
para volver a ver una bahía, una columna, el fuego, el humo de la sopa,
sin que tus ojos me aseguren la consistencia de su aparición,
sin que tu mano me confirme la mía.
Será como mirar apenas los reflejos de un espejo ladrón,
imágenes saqueadas desde las maquinarias del abismo,
opacas, andrajosas, miserables.
¿Y qué será tu almohada, y qué será tu silla,
y qué serán tus ropas, y hasta mi lecho a solas, si me animo?
Posesiones de arena,
sólo silencio y llagas sobre la majestad de la distancia.
Ah, si pudiera encontrar en las paredes blancas de la hora más cruel
esa larga fisura por donde te fuiste,
ese tajo que atravesó el pasado y cortó el porvenir,
acaso nos veríamos más desnudos que nunca, como después de nunca,
como después del paraíso que perdimos,
y hasta quizás podríamos nombrarnos con los últimos nombres,
esos que solamente Dios conoce,
y descubrir los pliegues ignorados de nuestra propia historia
cubriendo las respuestas que callamos,
incrustadas tal vez como piedras preciosas en el fondo del alma.
Todo lo que ya es patrimonio de sombras o de nadie.
Pero acá sólo encuentro en mitad de mi pecho
esta desgarradura insoportable cuyos bordes se entreabren
y muestran arrasados todos los escenarios donde tú eres el rey
-un instantáneo calco del que fuiste, un relámpago apenas-
bajo la rotación del infinito derrumbe de los cielos.
Fuera de mí la nube dice "No", el viento dice "No", las ramas dicen "No",
y hasta la tierra entera que te alberga,
esa tierra dispersa que ahora es sólo una alrededor de ti,
se aleja cuando llamo.
¿Cómo saber entonces d0nde estás en este desmedido, insaciable universo,
donde la historia se confunde y los tiempos se mezclan y los lugares se deslizan,
donde los ríos nacen y mueren las estrellas,
y las rosas que me miran en Paestum no son las que nos vieron
                                                                           sino tal vez las que miró Virgilio?
¿Cómo acertar contigo,
si aun en medio del día instalabas a veces tu silencio nocturno,
inabordable como un dios, ensimismado como un árbol,
y tu delgado cuerpo ya te sustraía?
Aléjate, memoria de pared, memoria de cuchara, memoria de zapato.
No me sirves, memoria, aunque simules este día.
No quiero que me asistas con mosaicos, ni con palacios, ni con catedrales.
Húndete, piedra de la Navicella, junto al cisne de Brujas,
bajo las noches susurradoras de Venecia.
Sopla, viento de Holanda, sobre los campos de temblorosas amapolas,
deshoja los recuerdos, barre los ecos y la lejanía.
No quiero que sea nunca para siempre ni siempre para nunca.
Juguemos a que estamos perdidos otra vez entre los laberintos de un jardín.
Encuéntrame, amor mío, en tu tiempo presente.
Mírame para hoy con tus ojos de miel, de chispas y de claro tabaco.
Sé que a veces de pronto me presencias desde todas partes.
Tal vez poses tu mano lentamente como esta lluvia sobre mi cabeza
o detengas tus pasos junto a mí en pálida visitación conteniendo el aliento.
He conseguido ver el resplandor con que te llevan cuando te persigo;
he aspirado también, señor de las plantaciones y las flores,
el aroma narcótico con que me abrazas desde un rincón vacío de la casa,
y he oído en el pan que cruje a solas el pequeño rumor con que me nombras,
tiernamente, en secreto, con tu nuevo lenguaje.
Lo aprenderé, por más que todo sea un desvarío de lugares hambrientos,
una forma inconclusa del deseo, una alucinación de la nostalgia.
Pero aun así, ¿qué muro es insoluble entre nosotros?
¡Hemos huido juntos tantos años entre las ciénagas y los tembladerales
                                                                              delante de las fieras de tu mal
cubriendo la retirada con el sol, con la piel, con trozos de la fiesta,
con pedazos inmensos del esplendor que fuimos, hasta que te atraparon!
Anudaron tu cuerpo, ya tan leve, al miedo y al azar,
y escarbó en tus tejidos la tiniebla monarca con uñas y con dientes ,
mientras dábamos vueltas en la trampa, sin hallar la salida.
La encontraste hacia arriba, y lograste escapar a pura pérdida,  de caída en caída.
Aún nos queda el amor:
esa doble moneda para poder pasar a uno y otro lado.
Haz que gire la piedra, que te traiga de nuevo la marea,
aunque sea un instante, nada más que un instante.
Ahora, cuando podrás mirar tan "fijamente el sol como la muerte" ,
no querrás apagarlo para mí ni querrás extraviarme detrás de los escombros,
por pequeña que sea mirada desde allá,
aun menos que una nuez, que una brizna de hierba que unos granos de arena.
Y porque a veces me decías: "Tú hiciste que la luz fuera visible",
y otra vez descubrimos que la muerte se parece al amor
en que ambos multiplican cada hora y lugar por una misma ausencia,
yo te reclamo ahora en nombre de tu sol y de tu muerte una sola señal,
precisa, inconfundible, fulminante, como el golpe de gracia que parte en dos el muro
y descubre un jardín donde somos posibles todavía,
apenas un instante, nada más que un instante,
tú y yo juntos, debajo de aquel árbol
copiados por la brisa de un momento cualquiera de la eternidad.



Olga Orozco
Argentina (1920 – 1999)


Imagen: www.4share.com



  Olga Orozco

4 de marzo de 2013






















DÍA PARA NO ESTAR


Vete, día maldito;
guarda bajo tus párpados de yeso la mirada de lobo que me
      olvida mejor;
camina sobre mí con tu paso salvaje, simulando un desierto
       entre el hambre y la sed,
para que todos crean que no estoy,
que soy una señal de dios sobre las piedras;
cierra de par en par, lejos de mí, tus fauces sin crueldad
        y sin misericordia,
como si fuera ya la invulnerable,
aquella que sin pena puede probarse ya los gestos de los otros;
y tiéndete a dormir, bajo la ciega lona de los ciegos,
el sueño en que me arrojas desde ayer a mañana:
Aun así, he de llegar contigo.
Aun así, has de resucitar entre los muertos.





Olga Orozco
De "OBRA POÉTICA" - Corregidor 2007









Nació el 17 de marzo de 1920 en Toay, Provincia de La Pampa.


Obra: Diego Rivera

  Olga Orozco

2 de septiembre de 2012




Arbol de niebla

¿De dónde esta tristeza que me llega
cómo un último amor,
como la débil rebelión de la tierra
por sus lluvias,
por las lianas azules de sus nieblas?
No sé si de la muerte de aquellas dulces hojas
en las que el viento busca todavía
La pálida ternura del estío.

No sé si de ese día en que el otoño
abandonó su rostro sobre un río
perdido en la congoja.

No sé desde qué cielo tanta sombra
asomada a mi pecho entre la pampa
cuando mi vida vuelve como el llanto
a su antiguo paisaje, a sus antiguas voces
que crecen como hiedra desde el sueño.

¿Como no amar entonces, la libertad
tan triste de los médanos
el deseo de mar con que se durmen
mirando hacia otro cielo
donde el recuerdo tiene solamente
la eternidad del trébol?

¿Cómo no amar la angustia de las piedras,
sometidas sin lucha
al inútil retorno de la hierba
al invencible polvo,
a ese lejano muro donde el tiempo
se disgrega desnudo, sosteniendo
las huellas de mis manos?

Alguien me llama aún por sus desiertos
por el aire sombrío que se inclina
al desolado oeste;
mientras yo estoy aquí
con mis pequeñas muertes como un árbol
esperando el olvido.



Olga Orozco
Nació el 17 de marzo de 1920 en Toay, Provincia de La Pampa. Es autora de los libros de poemas "Desde lejos", "Las muertes", "Los juegos peligrosos", "Museo salvaje", "Cantos a Berenice", "Mutaciones de la realidad", "Con esta boca, en este mundo". Recibió, entre otros, el Premio Municipal de Poesía (1962), el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes (1980), el Laurel de Plata de la Universidad de Turín (1984), y el Premio Juan Rulfo (1998). Falleció en Buenos Aires, el 15 de agosto de 1999.


Audio extraído de: Canal Encuentro

  Olga Orozco

20 de agosto de 2010




XIII


Se descolgó el silencio,
sus atroces membranas desplegadas como las de un
            murciélago anterior al diluvio,
su canto como el cuervo de la negación.
Tu boca ya no acierta su alimento.
Se te desencajaron las mandíbulas
igual que las mitades de una cápsula inepta para encerrar
            la almendra del destino.
Tu lengua es el Sahara retraído en penumbra.
Tus ojos no interrogan las vanas ecuaciones de cosas y de
            rostros.
Dejaron de copiar con lentejuelas amarillas los fugaces
            modelos de este mundo.
Son apenas dos pozos de opalina hasta el fin donde se
            ahoga el tiempo.
Tu cuerpo es una rígida armadura sin nadie,
sin más peso que la luz que lo borra y lo amortaja en
            lágrimas.
Tus uñas desasidas de la inasible salvación
recogen desagarradoramente el reverso impensable,
el cordaje de un éxodo infinito en su acorde final.
Tu piel es una mancha de carbón sofocado que atraviesa
            la estera de los días.
Tu muerte fue tan sólo un pequeño rumor de mata que se
            arranca
y después ya no estabas.
Te desertó la tarde;
te arrojó como escoria a la otra orilla,
debajo de una mesa innominada, muda, extrañamente
            impenetrable,
allí, junto a los desamparados desperdicios,
los torpes inventarios de una casa que rueda hacia el
            poniente,
que oscila, que se cae,
que se convierte en nube.




Olga Orozco
Argentina (1920 -1999)

De “Cantos a Berenice (1977)
En Obra Poética – Ed. Corregidor- 2007

  Olga Orozco

12 de marzo de 2010



Olga Orozco

Yo, Olga Orozco, desde tu corazón digo a todos que muero.
Amé la soledad, la heroica perduración de toda fe,
el ocio donde crecen animales extraños y plantas fabulosas,
la sombra de un gran tiempo que pasó entre misterios y entre alucinaciones,
y también el pequeño temblor de las bujías en el anochecer.
Mi historia está en mis manos y en las manos con que otros las tatuaron.
De mi estadía quedan las magias y los ritos,
Unas fechas gastadas por el soplo de un despiadado amor,
La humareda distante de la casa donde nunca estuvimos,
Y unos gestos dispersos entre los gestos de otros que no me conocieron.
Lo demás aún se cumple en el olvido,
Aún labra la desdicha en el rostro de aquella que se buscaba en mí
igual que en un espejo de sonrientes praderas,
y a la que tú verás extrañamente ajena:
mi propia aparecida condenada a mi forma de este mundo.

Ella hubiera querido guardarme en el desdén o en el orgullo,
en un último instante fulmíneo como un rayo,
no en el tumulto incierto donde alzo todavía la voz ronca y llorada
entre los remolinos de tu corazón.
No. Esta muerte no tiene descanso ni grandeza.
No puedo estar mirándola por primera vez durante tanto tiempo.
Pero debo seguir muriendo hasta tu muerte
porque soy tu testigo ante una ley más honda y más oscura
que los cambiantes sueños, allá, donde escribimos la sentencia:
"Ellos han muerto ya.
Se habían elegido por castigo y perdón, por cielo y por infierno.
Son ahora una mancha de humedad en las paredes del primer aposento".



Olga Orozco
Nació el 17 de marzo de 1920 en Toay, Provincia de La Pampa. Es autora de los libros de poemas "Desde lejos", "Las muertes", "Los juegos peligrosos", "Museo salvaje", "Cantos a Berenice", "Mutaciones de la realidad", "Con esta boca, en este mundo". Recibió, entre otros, el Premio Municipal de Poesía (1962), el Gran Premio del Fondo Nacional de las Artes (1980), el Laurel de Plata de la Universidad de Turín (1984), y el Premio Juan Rulfo (1998). Falleció en Buenos Aires, el 15 de agosto de 1999.