Todo su cuerpo son números: números espaciales perpetuamente tatuados A veces con forma de pelo, otras de ojos y muchas tantas de dientes. Ella discute la matemática casi como una constante y se convierte en sombra del uno, del dos y demasiadas veces, como cinco, del cinco. Uno saborea su parte 62 y descubre el 25 en el inmenso placer que otorga jugar en el 36. Ella calma los números desvela incógnitas se enloquece a través del 57 y se hunde en el éxtasis que el 22 le provoca. Me muerde el 18. Me mira el 14. Me perfuma el 51. 7 veces la quise. 8 veces morí por ella. 20 veces la espero. Sé que estoy en sus números: en el lugar del 27 (o sea en su corazón) Por eso voy de un lado a otro de sus álgebras sangrando ecuaciones imperfectas. 40 veces sueño en sus sueños, eternamente resto pasiones a su pasado infinitamente deambulo por el futuro de sus propios laberintos en la enésima pasión que su cuerpo otorga.
Marcelo Marcolín De “Otros elefantes regresando a la constelación de Orión” Ed. El Ojo de la ballena - 2009
a la llegada de Dios no quise culparlo pensé que en el último momento de ser preciso él diría la verdad le miré a los ojos cuando Dios lanzó la pregunta intuí el peligro me sentí desnuda el índice de Adán se levantó contra mí Dios no es tonto y conoce muy bien a sus hijos pero siempre nos ha dejado elegir
nos miró con tristeza e impartió justicia
al final fue mejor así él no hubiera soportado.
Yanelys Encinosa Cabrera De “ Del diario de Eva y otras prehistorias” Premio David de Poesía 2007
Nació en Cuba, Pinar del Río, 27 de diciembre de 1983. Licenciada en Letras en la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana. Actualmente trabaja en el departamento de creación literaria del centro Dulce María Loynaz. Reseñas suyas han sido publicadas en revistas como La Letra del Escriba y Cuba Literaria. Mereció el Premio Cauce de Ensayo 2006 con el trabajo “La rueda de la fortuna o el infortunio del círculo”. El poemario “Del diario de Eva y otras prehistorias” fue merecedor del Premio David de Poesía 2007.
Nos tienen miedo porque no tenemos miedo. Nos tienen miedo porque no tenemos miedo. Nos tienen miedo porque no tenemos miedo. Nos tienen miedo porque no tenemos miedo.
Nos tienen miedo porque no tenemos miedo. Nos tienen miedo porque no tenemos miedo. Nos tienen miedo porque no tenemos miedo. Nos tienen miedo porque no tenemos porque no tenemos porque no tenemos miedo.
Están atrás van para atrás, piensan atrás, son el atrás, están detrás de su armadura militar.
Nos ven reír, nos ven luchar, nos ven amar, nos ven jugar, nos ven detrás de su armadura militar.
Nos tienen miedo porque no tenemos miedo. Nos tienen miedo porque no tenemos miedo. Nos tienen miedo porque no tenemos miedo. Nos tienen miedo porque no tenemos miedo.
Nos tienen miedo porque no tenemos miedo. Nos tienen miedo porque no tenemos miedo. Nos tienen miedo porque no tenemos miedo. Nos tienen miedo porque no tenemos porque no tenemos porque no tenemos miedo.
“Gracias a la Iglesia Católica Apostólica Romana, soy atea” Por Mariana Carbajal
Liliana Felipe está conmovida. La poeta, pianista y cantante cordobesa que vive en México desde los años de plomo acaba de llegar a su casa después de correr con sus dos perros salchichas por las calles del barrio colonial de Coyoacán, al sur del Distrito Federal, donde vive y abre la intimidad de su hogar, un sábado por la tarde, para recibir a Página/12 y adelantar los temas de su próximo disco. Todavía en jogging, transpirada por el ejercicio, cuenta, emocionada, lo que le sucedió unos minutos atrás: “Venía entrando por un callejón, por acá y pasa un auto rojo con una señora manejando con jóvenes adentro. El auto se para. Medio me asusté. Se abren las puertas y todos empezaron a aplaudirme fuerte y un chico, de no más de 14 años, con voz bien de adolescente, me dice: ‘Nos tienen miedo porque no tenemos miedo’”, repite ella, imitando la voz desafinada del muchachito, que acababa de cantarle el estribillo de la canción que compuso con Jesusa Rodríguez, su compañera de la vida y el arte, apenas unos meses atrás y que se ha convertido en México en el himno de la resistencia civil contra el gobierno federal de Felipe Calderón, del PAN, quien llegó a la presidencia en 2006 de la mano de un escandaloso fraude electoral, que le arrebató la primera magistratura a la izquierda. “¿No te hace feliz que te reconozcan?”, le dice su esposa, la actriz y directora de teatro Jesusa Rodríguez, que está terminado de almorzar en el comedor. La tarde es gris, húmeda, cada tanto cae una llovizna liviana y el verano se despide.
El living explota de colores. Entra luz por varias ventanas. Una pared roja, sillones azules con mantas con motivos indígenas muy alegres. En ese reducto, sigue la charla. “No sabés lo que jodí con esa canción. Es de hace poquito. ¿Cuándo la grabamos, Jesu? –le pregunta. Jesusa se asoma desde el comedor y recuerda que fue el 24 de febrero, el día de la bandera en México. Lo que más la conmovió de la anécdota callejera, dice Liliana Felipe, es que haya sido justamente un adolescente el que repitiera las estrofas, porque “el movimiento de la resistencia está formado por viejitos, no jovencitos”.