Estación Quilmes

  Eduardo Galeano

12 de enero de 2015




El viaje de la palabra


En el año 208, Serenus Sammonicus escribió en Roma un libre, Asuntos secretos, donde revelaba sus descubrimientos en el arte de la sanación.

Este médico de dos emperadores, poeta, dueño de la mejor biblioteca de su tiempo, proponía, entre otros remedios, un infalible método para evitar la fiebre terciana y espantar la muerte: había que colgarse al pecho una palabra y protegerse con ella noche y día.

Era la palabra Abracadabra, que en hebreo antiguo quería decir, y sigue diciendo:

Envía tu fuego hasta el final.



Eduardo Galeano
Uruguay – 1940



De: Los hijos de los días - Ed. Siglo XXI – 2012

Imagen extraída de: imágenes.com


  Rosario Castellanos

9 de enero de 2015




Malinche


Desde el sillón del mando mi madre dijo: “Ha muerto”.

Y se dejó caer, como abatida,

en los brazos del otro, usurpador, padrastro
que la sostuvo no con el respeto
que el siervo da a la majestad de reina
sino con ese abajamiento mutuo
en que se humillan ambos, los amantes, los cómplices.

Desde la Plaza de los Intercambios
mi madre anunció: “Ha muerto”.

La balanza
se sostuvo un instante sin moverse
y el grano de cacao quedó quieto en el arca
y el sol permanecía en la mitad del cielo
como aguardando un signo
que fue, cuando partió como una flecha,
el ay agudo de las plañideras.

“Se deshojó la flor de muchos pétalos,
se evaporó el perfume,
se consumió la llama de la antorcha.

Una niña regresa, escarbando, al lugar
en el que la partera depositó su ombligo.

Regresa al Sitio de los que Vivieron.

Reconoce a su padre asesinado,
ay, ay, ay, con veneno, con puñal,
con trampa ante sus pies, con lazo de horca.

Se toman de la mano y caminan, caminan
perdiéndose en la niebla.”

Tal era el llanto y las lamentaciones
sobre algún cuerpo anónimo; un cadáver
que no era el mío porque yo, vendida
a mercaderes, iba como esclava,
como nadie, al destierro.

Arrojada, expulsada
del reino, del palacio y de la entraña tibia
de la que me dio a luz en tálamo legítimo
y que me aborreció porque yo era su igual
en figura y rango
y se contempló en mí y odió su imagen
y destrozó el espejo contra el suelo.

Yo avanzo hacia el destino entre cadenas
y dejo atrás lo que todavía escucho:
los fúnebres rumores con los que se me entierra.

Y la voz de mi madre con lágrimas ¡con lágrimas!
que decreta mi muerte.



Rosario Castellanos 
México (1925 – 1974)



De: Bella dama sin piedad y otros poemas
Ed. Fondo de Cultura Económica – 1984

Foto extraída de: http://rosariocastellanos.weebly.com/

Obra: La Malinche – Mural de Diego de Rivera (México)


  Guillermo Bianchi

5 de enero de 2015




NI UN PASO ATRÁS


vienen los expulsados de los diarios
los matados en vida
los dueños del dolor
los tabicados
        quieren mover los ojos
piden papel y lápiz
nombran maravillados los objetos
        tiemblan con todo el cuerpo
        brillan por todas partes
quieren decir
quieren alzar los brazos
vienen a derribar las soledades
        vienen a repetir
        cuatro palabras.



LOS TIEMPOS QUE CORREN


Andás como sobrándole a la noche
cuerpeando la vergüenza del animal domado
encadenado al mástil de tu orgullo
     pálido como un hueso
           triste como una celda.
Aburrida la noche de apedrearte la espalda
te concede el cansancio sobre un banco de plaza
donde un perro sin dueño te busca la mirada
      y parece decirte
            vamos yendo.



MADRE


madre yo me pregunto tantas veces
si ocupar la gran parte de mis días
en buscar ser feliz a cualquier precio
no es más que una remota tentativa
de olvidar el deseo
de volver a tu vientre.




Guillermo Bianchi
De "La luz de los vencidos"  (2012)   -   Enigma Editores

Nació en Buenos Aires, 1970. Poeta



Obra:  Últimos consejos  -  Roberto Braulio González (Cuba)

  José Martí

31 de diciembre de 2014




La niña de Guatemala

Quiero, a la sombra de un ala,
contar este cuento en flor:
la niña de Guatemala,
la que se murió de amor.

Eran de lirios los ramos;
y las orlas de reseda
y de jazmín; la enterramos
en una caja de seda...

Ella dio al desmemoriado
una almohadilla de olor;
él volvió, volvió casado;
ella se murió de amor.

Iban cargándola en andas
obispos y embajadores;
detrás iba el pueblo en tandas,
todo cargado de flores...

Ella, por volverlo a ver,
salió a verlo al mirador;
él volvió con su mujer,
ella se murió de amor.

Como de bronce candente,
al beso de despedida,
era su frente -¡la frente
que más he amado en mi vida!...

Se entró de tarde en el río,
la sacó muerta el doctor;
dicen que murió de frío,
yo sé que murió de amor.

Allí, en la bóveda helada,
la pusieron en dos bancos:
besé su mano afilada,
besé sus zapatos blancos.

Callado, al oscurecer,
me llamó el enterrador;
nunca más he vuelto a ver
a la que murió de amor.



José Martí
Cuba (1853 – 1895)
En: Versos Sencillos  - Ed. Letras Cubanas - 1988

Obra: “Martí enamorado” de Carlos Guzmán (Cuba)

Interpreta: Nacha Guevara





  Norma Etcheverry

28 de diciembre de 2014




La ternura
La mujer siempre iba con el niño detrás, pedaleando con fuerza.
Cada tarde, camino del muelle.
El niño de entonces recuerda. No el hombre que ahora es, sino el niño de antes. Recuerda las tardes del muelle. El mar.
La sombra de los barcos, siempre tan lejos. Y la mirada de la madre, más lejos aún.
Tanto como ahora, cuando nadie sabe donde está. Los ojos y las manos de esa mujer que él puede ver y tocar y, sin embargo, que no sabe, que nadie sabe dónde está.
Algunas veces, el hombre que es, le desea la muerte a esta mujer extraviada, desconocida para siempre.
Pero otras, el niño que va en bicicleta con su madre sólo siente deseos de llorar.



Norma Etcheverry
De "LA VIDA LEVE" 2014 - Ediciones La carta de Oliver



Nació en Gral. Paz (Ranchos) Pcia. de Buenos Aires en 1963.
Es poeta y periodista egresada de la U.N.L.P.


Obra: Oswaldo Guayasamín

  Martín Rodríguez

24 de diciembre de 2014




Cada navidad encendía el rojo deseo de rajar.

En las navidades se produce una iluminación:
/ recuerdos de navidades
En san Miguel con el terror
de cohetes y tiros: la del ’83, la del ’84, la del ’85,
a las 12 un revólver marcaba el fin, el comienzo,
la largada, el fin, el comienzo.

Es que se hacía de noche, y las cruzas se detenían.
Ya ni el perro movía la cola. Dos pistoleros de pie, dos
/ sombras (padre y tío)
(envueltos en humo).




Martín Rodríguez
Argentino – 1978



De: “Para el lado de las cosas sagradas” - Ed. El niño Stanton – 2009

Foto extraída de: mueblesdepalets.net


  Reinaldo Arenas

20 de diciembre de 2014




No es el muerto quien provoca el estupor


No es el muerto quien provoca el estupor
es la sorpresa de ver cómo olvidamos
su propia muerte, nuestro gran dolor.
Queda el muerto, nosotros nos marchamos.

No es el muerto, no, quien se retira.
Somos nosotros que vamos discutiendo,
sobre el cadáver que mudo nos mira,
la posibilidad de seguir sobreviviendo.

Cuando en la memoria al muerto divisamos
(juegos del tiempo, macabro escandiador)
no es pues al muerto a quien estamos viendo:

Somos nosotros que tétricos quedamos
al ver cómo miramos sin horror
al que en el gran horror se va pudriendo.



Reinaldo Arenas
Cuba (1943 - 1990)

Fue novelista, dramaturgo y poeta.
Con el triunfo de la Revolución, tuvo oportunidad de participar en el programa de educación del nuevo gobierno, donde su formación autodidacta se vio enriquecida por la frecuentación de dos maestros, J. Lezama Lima y V. Piñera, que avalaron sus tempranas publicaciones.
En 1962, cuando sólo contaba diecinueve años, apareció su primera y última novela editada en la isla, Celestino antes del alba, ya que el resto de su producción se publicó en el extranjero.
En 1980 optó por el exilio. Se trasladó primero a Miami y luego a Nueva York, ciudad en la que se instaló definitivamente y continuó escribiendo, hasta que decidió quitarse la vida en 1990. Dejó más de veinte libros que incluyen diez novelas, algunos poemas, relatos breves y obras de teatro.

Foto extraída de: https://troyasliterarias.lamula.pe/2014/10/18/reinaldo-arenas-contra-algunos-escritores-cubanos/ilion/