Estación Quilmes

  Olga Orozco

17 de abril de 2013




















En la brisa, un momento

                                                                                                            a Valerio

                                     Que pueda el camino subir hasta alcanzarte.
                             Que pueda el viento soplar siempre a tu espalda.
                      Que pueda el sol brillar cálidamente sobre tu rostro
                              y las lluvias caer con dulzura sobre tus campos,
                                                   y hasta que volvamos a encontramos
                                    que Dios te sostenga en la palma de su mano.
                                                                                         (Oración irlandesa)


¡Ya se fue! ¡Ya se fue! -se queja la torcaza.
el lamento se expande de hoja en hoja,
de temblor en temblor, de transparencia en transparencia,
hasta envolver en negra desolación el plumaje del mundo.
-¡Ya se fue! ¡Ya se fue! -como si yo no viera.
Y me pregunto ahora cómo hacer para mirar de nuevo una torcaza,
para volver a ver una bahía, una columna, el fuego, el humo de la sopa,
sin que tus ojos me aseguren la consistencia de su aparición,
sin que tu mano me confirme la mía.
Será como mirar apenas los reflejos de un espejo ladrón,
imágenes saqueadas desde las maquinarias del abismo,
opacas, andrajosas, miserables.
¿Y qué será tu almohada, y qué será tu silla,
y qué serán tus ropas, y hasta mi lecho a solas, si me animo?
Posesiones de arena,
sólo silencio y llagas sobre la majestad de la distancia.
Ah, si pudiera encontrar en las paredes blancas de la hora más cruel
esa larga fisura por donde te fuiste,
ese tajo que atravesó el pasado y cortó el porvenir,
acaso nos veríamos más desnudos que nunca, como después de nunca,
como después del paraíso que perdimos,
y hasta quizás podríamos nombrarnos con los últimos nombres,
esos que solamente Dios conoce,
y descubrir los pliegues ignorados de nuestra propia historia
cubriendo las respuestas que callamos,
incrustadas tal vez como piedras preciosas en el fondo del alma.
Todo lo que ya es patrimonio de sombras o de nadie.
Pero acá sólo encuentro en mitad de mi pecho
esta desgarradura insoportable cuyos bordes se entreabren
y muestran arrasados todos los escenarios donde tú eres el rey
-un instantáneo calco del que fuiste, un relámpago apenas-
bajo la rotación del infinito derrumbe de los cielos.
Fuera de mí la nube dice "No", el viento dice "No", las ramas dicen "No",
y hasta la tierra entera que te alberga,
esa tierra dispersa que ahora es sólo una alrededor de ti,
se aleja cuando llamo.
¿Cómo saber entonces d0nde estás en este desmedido, insaciable universo,
donde la historia se confunde y los tiempos se mezclan y los lugares se deslizan,
donde los ríos nacen y mueren las estrellas,
y las rosas que me miran en Paestum no son las que nos vieron
                                                                           sino tal vez las que miró Virgilio?
¿Cómo acertar contigo,
si aun en medio del día instalabas a veces tu silencio nocturno,
inabordable como un dios, ensimismado como un árbol,
y tu delgado cuerpo ya te sustraía?
Aléjate, memoria de pared, memoria de cuchara, memoria de zapato.
No me sirves, memoria, aunque simules este día.
No quiero que me asistas con mosaicos, ni con palacios, ni con catedrales.
Húndete, piedra de la Navicella, junto al cisne de Brujas,
bajo las noches susurradoras de Venecia.
Sopla, viento de Holanda, sobre los campos de temblorosas amapolas,
deshoja los recuerdos, barre los ecos y la lejanía.
No quiero que sea nunca para siempre ni siempre para nunca.
Juguemos a que estamos perdidos otra vez entre los laberintos de un jardín.
Encuéntrame, amor mío, en tu tiempo presente.
Mírame para hoy con tus ojos de miel, de chispas y de claro tabaco.
Sé que a veces de pronto me presencias desde todas partes.
Tal vez poses tu mano lentamente como esta lluvia sobre mi cabeza
o detengas tus pasos junto a mí en pálida visitación conteniendo el aliento.
He conseguido ver el resplandor con que te llevan cuando te persigo;
he aspirado también, señor de las plantaciones y las flores,
el aroma narcótico con que me abrazas desde un rincón vacío de la casa,
y he oído en el pan que cruje a solas el pequeño rumor con que me nombras,
tiernamente, en secreto, con tu nuevo lenguaje.
Lo aprenderé, por más que todo sea un desvarío de lugares hambrientos,
una forma inconclusa del deseo, una alucinación de la nostalgia.
Pero aun así, ¿qué muro es insoluble entre nosotros?
¡Hemos huido juntos tantos años entre las ciénagas y los tembladerales
                                                                              delante de las fieras de tu mal
cubriendo la retirada con el sol, con la piel, con trozos de la fiesta,
con pedazos inmensos del esplendor que fuimos, hasta que te atraparon!
Anudaron tu cuerpo, ya tan leve, al miedo y al azar,
y escarbó en tus tejidos la tiniebla monarca con uñas y con dientes ,
mientras dábamos vueltas en la trampa, sin hallar la salida.
La encontraste hacia arriba, y lograste escapar a pura pérdida,  de caída en caída.
Aún nos queda el amor:
esa doble moneda para poder pasar a uno y otro lado.
Haz que gire la piedra, que te traiga de nuevo la marea,
aunque sea un instante, nada más que un instante.
Ahora, cuando podrás mirar tan "fijamente el sol como la muerte" ,
no querrás apagarlo para mí ni querrás extraviarme detrás de los escombros,
por pequeña que sea mirada desde allá,
aun menos que una nuez, que una brizna de hierba que unos granos de arena.
Y porque a veces me decías: "Tú hiciste que la luz fuera visible",
y otra vez descubrimos que la muerte se parece al amor
en que ambos multiplican cada hora y lugar por una misma ausencia,
yo te reclamo ahora en nombre de tu sol y de tu muerte una sola señal,
precisa, inconfundible, fulminante, como el golpe de gracia que parte en dos el muro
y descubre un jardín donde somos posibles todavía,
apenas un instante, nada más que un instante,
tú y yo juntos, debajo de aquel árbol
copiados por la brisa de un momento cualquiera de la eternidad.



Olga Orozco
Argentina (1920 – 1999)


Imagen: www.4share.com



  Roberto Jorge Santoro

14 de abril de 2013


















I


un barullo orquestal
batifondo en tu calle
tranvía caburé
cachador y cachuso

le sobraste los guiños al loco buenos aires
y te echaron al medio
te amuraron la bronca

son los giles de siempre
los del cuore sin ruido
bondi atorrante
soñador de milongas

qué saben los chambones
del metejón en los huesos
qué saben esos farabutes de tu ruido

y mi corazón fané
quedó en la vía
te fuiste con los pibes de los barriletes




Roberto Jorge Santoro
Argentino (1939 – 1977)

De: El último tranvía – 1963
En: Obra poética completa  - 1959 – 1977
Ed. r y r – 2009


Foto: elquilmero.blogspot.com

  Ariel Petrocelli

11 de abril de 2013















Zamba de tu presencia


Va doblando la tierra
en suave cadera el sauce al caer
de tu pelo copeo lluvia de cuarzo
a la tarde que se muere
desde la voz poniente del sol
canta al aire su sonrisa.

Del crisol de los brillos
pausa de mica quedó en tu mirar
con un cielo que atrás libra
en tu noche el matiz de las estrellas
como la luna queda al pasar
sobre el pelo de las hojas.

En el temple del mimbre
cayó tu paso vacío de andar
la corzuela sutil anda tu monte
de lilas por la siesta.
Y ésta en tu ritmo tenue
y febril la cadencia de la luna.

En la fiesta del ceibo
danza tu boca sediento carmín
que en las nubes dejó mueca fugaz
tu alborada veraniega
fresco latir aspirando al Dios
luz floral de los aromas.

Día carnal, arribar de las aguas
sueño de los jazmines
lleva tu cuerpo niña en flor
y del arroyo llega tu voz
hecha un nido por el aire.



Ariel Petrocelli
(1937 - 2010), poeta y compositor, nacido en la provincia de Salta.
Fue un prolífico compositor que ha compuesto canciones clásicas del cancionero argentino y latinoamericano como Para ir a buscarte, Cuando tenga la tierra y Zamba de tu presencia (con Daniel Toro), El antigal (con Lito Nieva y Daniel Toro), Zamba del ángel (con Hugo Díaz), El Seclanteño, La Bagualera, etc.

Imagen:
http://testimoniosautorizados.blogspot.com.ar/2009/07/ariel-petrocelli-e-isamara.html


  Javier Aduriz

7 de abril de 2013















     Ayer a la trade resolví convertirme en un peregrino del cielo y salir a caminar por los pasillos de dios. Principalmente porque llegó la hora del despojamiento. Me refiero a esa especie de afán de dar un paso y otro y otro, en busca de mis vagas certezas. De ahí también, el hecho oportuno de elegir los ahijú como vehículo de la percepción. Me dije: cada verdad ocasional debe ser anotada en este cuaderno que me regalaron en el año sesenta y cinco, aunque los fragmentos vengan del silencio y no hallen más validez que la de su propio enunciado...Sí, maltrecho lector: seamos viajeros de la eternidad.






                                                           A cada paso
                                                           Vas hundiendo los pies
                                                                     En otra carne




Javier Aduriz
De "Esto es así" (2009) - Ediciones del Dock

Nació en Buenos Aires en 1948. pertenece a la generación del 70. Falleció en 2011.

Obra:
        Palabra sola
        En sombra de elegía
        Solos de conciencia
        Égloga brusca
        La forma humana
        Canción del samurái
        La verdad se mueve
        Esto es así

  Ricardo Miguel Costa

4 de abril de 2013



Deseo


Bordea la muerte con tu lengua en mi boca.
Que el alma se desgarre como un hilo de pétalo hasta morir.
Que mi vientre empalme a golpes el tuyo y de los cuerpos
se venga el colmillo del demonio, la sangre del ojo,
los desdos que te abran y la fiesta se convierta
en un banquete para devorarte, para comerme en el cielo de tu piel

Que luego las bestias revuelquen en la grasa de los cuerpos
el deseo y ya hartos, arrojados al descanso de alguna sombra,
te pregunten si lo amas: si existe cierto sabor
que se aproxime al amor.

Que no contestes.
Que un beso antes del cigarrillo le descarne el corazón a Ricardo
y que Ricardo ruegue: “que alguien quiera matarme”.
Y ella, sabia como una hembra echada a su lado
caliente sus manos, lo arroje bajo el rocío
y le desee una vida eterna.




Ricardo Miguel Costa
De: Homo Dixit - en: Poetas 2 – Autores argentinos de fin de siglo
Ed. Desde la Gente - 1999

Argentino – 1958
Nació en Buenos Aires y reside en Neuquén. Publicó: Árbol de tres copas (1988); Casa mordaza(1990); Homo dixit (1993), Teatro teorema (1996); Danza curva (1999); Veda negra (2001), Mundo crudo (Patagonia satori) (2005) y Un referente fundacional. Las Letras neuquinas (período 1981-2005) y su (in)transferencia al campo educativo (2007) y Fauna terca (2011). Ha obtenido numeroso premios nacionales e internacionales. Es docente y colaborador permanente de la revista Museo salvaje: publicación que dirige desde hace siete años el escritor pampeano Sergio De Matteo. www.ricardocosta.com.ar

Obra: Carlos Nine – www.carlosnine.blogspot.com
Foto: www.ricardocosta.com.ar


  Roberto Malatesta

31 de marzo de 2013
















Mientras estoy echado en el piso frío


Mientras estoy echado en el piso frío
mi perro lame mis pies,
el techo está muy lejos,
muy lejos de todas mis pretensiones,
la música fluye,
ya no recuerdo ni siquiera mi nombre
qué más puedo decir,
hasta ahora el mundo
se las ha arreglado sin mí,
qué mal puede hacerle un día más.





Esta hoja fue John Keats


Esta hoja fue John Keats,
aquélla hierba, Walt Whitman,
esa hormiga, Juan L. Ortiz.
nadie podrá impedir
que yo lo crea. Nadie,
ni siquiera este tronante coro de chicharras:

toda la dinastía T’ang
en un solo árbol.



Roberto Malatesta
Argentino – 1961









De: El silencio iluminado
Ed. Leviatan – 2011


Fotos: (flockr.com) – (www.elcorazondelascosas.blogspot.com)



  Elba Fábregas

28 de marzo de 2013
















Se parece a la luz de los cuartos
en donde nacen los hijos.
Una bóveda con cuatro medios soles
y rayos para adentro.
Cuando no llueve
dicen en la calle cualquier cosa.
Frontera empapelada con pesadilla de flores
y pájaros muertos sobre la colcha.
Del otro lado duermen mejor,
no habita nadie.
El cráneo está metido en la demencia de la angustia.
Duele el hombre.
Las manos no arrancan los calambres.
A gritar sin garganta los gemidos,
a descansar con todo hecho,
a vivir dos veces la sustancia,
a masticar la piedra,
ésa me gusta,
a rascarse el ardor.
Los lechos no se embriagan ni jadean.
Ojalá se derrumben las puertas,
mi cabeza,
el pantalón.
En el fondo del piso están los otros,
en el fondo del techo está la luna.
Ojalá nos derrumbemos
y salgamos a cantar por las calles:
viva el vientre.



Elba Fábregas 
Argentina (1928 – 1984)

De: Piedra demente
En: Los Villafañe – Poesía familiar.
Ed. Colihue – 2012

Poeta, artista visual y actriz. Egresada de la Escuela Nacional de Bellas Artes, fue alumna de Eneas Spilimbergo y Enrique Larrañaga. Realizó numerosas exposiciones aquí y en el exterior. Realizó funciones de títeres con la Andariega junto a Javier Villafañe. Piedra demente fue publicado en 1952 en Quito y es su único libro de poesía.


Obra: State of flux – Alfred Kubin (Austria)