Estación Quilmes

  © ¡Diga algo doctor!

1 de mayo de 2010



¡Diga algo doctor!

Me echaron del empleo. Ahí está lo que gané. Pim pam y en cinco minutos me echaron. ¡Cretino! -Una firmita aquí, Fernández, por favor... -¡Qué cretino es el gerente, Dios mío!

¡Fernández, por favor! ¡Fernández, por favor! -No señor, yo a usted no le hago ningún favor porque usted es un cretino. ¡Eso es lo que es usted!

No, pero no se lo dije. Firmé y después pasé por arriba a cobrar. Seiscientos veintitrés pesos y monedas. Los tengo aquí, en el bolsillo.

Alquiler: cuatrocientos; mensualidad del traje: ochenta; quedan...

La calle. En esta calle vendí cortaplumas. No no no, aquí eran cintas para máquina. Claro, ese negocio lo conozco.

Ahí está el dueño en la puerta.

-¡Buenos días, señor!

No me conoció, se lo leí en la cara.

Me echaron. Era un buen trabajo. ¡Si me habrá costado conseguirlo! Mil cuatrocientos de sueldo y después la comisión. El mes pasado casi llego a los mil ochocientos. Buen trabajo, el mejor que tuve, no hay vuelta que darle. ¡No se consigue así nomás un trabajo como ése!

Ahora no tengo nada que hacer. Camino. Hace mucho que no camino así por la calle. Puedo mirar las vidrieras, dar vuelta o tomar por otro lado. Es lo mismo, total, ¡adónde voy ahora? Mañana busco algo en el diario. No, mañana no, pasado.

La culpa la tuve yo. Norma se muere cuando lo sepa. Justo ahora, con el colegio. Ayer me dijo que le hacían falta zapatos al Cacho. Mañana lo voy a ver al ruso de las fantasías.

La culpa la tuve yo. Cuando me tomaron estaba contento...

-Mire señor, yo no terminé el curso de visitador médico porque tuve que hacer un viaje a Bahía Blanca. Un tío mío tiene una farmacia, se enfermó y me mandó llamar...

¡Linda macana! Hice apenas dos meses y largué. No tenía la cabeza para estudiar. Norma estaba enferma, dos meses atrasados de alquiler, ¡qué se yo...!

Pero cuando me tomaron estaba contento. En el trabajo sí estudié. En tres días me supe todos los medicamentos al pelo y en seguida salí a la calle.

Una zapatería. Un par de zapatos para el Cacho como esos cuestan...

-Dígame señor, ¿qué valen esos zapatitos marrones que hay en vidriera?
-Muchas gracias señor...

Noventa pesos. Este tipo está loco. ¡Qué barbaridad! ¡Noventa pesos! ¡Pero adónde vamos a parar!

-Un visitador debe irradiar alegría, seguridad y optimismo. No hay virus más contagioso que el entusiasmo-. ¡Cómo le gustaban al jefe esas francesitas! Las hizo pasar en mimeógrafo y nos dió una copia a cada uno.

¿Y el traje claro? Dele al médico la razón en todo, menos en lo que se refiere a los productos SITMA. Aquí muéstrese firme. Y convencido de que la razón la tiene usted.

¡Qué rico tipo! ¡De dónde habrá sacado esas cosas? Creo que las tradujo de una circular norteamericana.

-Hay que irradiar alegría, ¿comprende señor Fernández? Lea esto con detenimiento que le será muy útil para su trabajo.
-Perfectamente, señor Martelli.
-Mozo, un café.

Me echaron del empleo. No tengo ganas de volver a casa. ¡Qué largo se hace el tiempo! A esta hora tendría que estar en el hospital. El Tornú. Me acuerdo cuando entré por primera vez. Las enfermas reposando en las galerías miraban. ¡Cómo miraban, pobrecitas!

El jardín, los árboles y las enfermas que miran y miran. Uno se acostumbra al final a todo eso. Si no fuera por lo que pasó, a esta hora estaría allí. Sala cinco.

-Si me permite, doctor... CARIDAN es un poderoso hemostático general. CARIDAN, doctor, no acelera el tiempo de coagulación sanguínea ni lo retarda. CARIDAN es específico en todos los cuadros caracterizados por el aumento de la permeabilidad capilar. Aquí le dejo esta muestrita de CARIDAN, doctor. Muchas gracias doctor. Buenos días.

¡Eh! ¡La valija! Me olvidé la valija en el café.

¡Qué gracioso! Me pareció que me había olvidado la valija… Claro, caminar con las manos desocupadas a las once de la mañana... Seguramente todos se dan cuenta que me falta algo. Me pongo las manos en los bolsillos. ¡Peor! ¡Cómo se puede caminar con las manos en los bolsillos a las once de la mañana!

Paraísos. Nunca me había fijado que los árboles de esta calle eran paraísos. Tan grandes… ¡Cómo me gusta pasar así las manos por los troncos! ¿Y las ramas? Cada árbol hace un gesto distinto con las ramas. Yo no entiendo sus gestos pero me gusta mirarlos. Unos tienen gesto trágico, otros tierno, otros majestuoso…

El eucaliptus que está frente a la sala cuatro tiene gesto majestuoso y grave .Eso es, majestuoso y grave.
Ahora me doy cuenta.

Por eso cada vez que entraba a esa sala me detenía un momento a contemplarlo. Y hasta tenía ganas de imitar con mis brazos, con mi cabeza y con mi cuerpo, ese gesto amplio y dominador. ¿Qué cosa rara, no?
Pero en seguida me olvidaba de él.

El hall de la sala cuatro era grande. Y sobre el costado derecho había un escritorio pequeño. Yo me paseaba esperando a los médicos y entonces fue cuando vi, allí sobre el escritorio, aquel montoncito de fichas amarillas.
Sabía que no debía mirarlas, pero me acerqué y miré. Solamente la primera, la que estaba encima de todas.

Nombre: Angélica Conditi - edad: 26 años - estado civil: soltera - hijos: uno - profesión: costurera - diagnóstico: infiltrativa vértice derecho - fecha: 10 de setiembre de 1955.

No, no tenía que mirarla. Casi sentí vergüenza por haber violado un secreto. Pero esas palabras de la ficha amarilla las llevaba siempre aquí, en la cabeza. Y desde entonces, cada vez que pasaba frente a las galerías o cuando miraba furtivamente a las camas, buscaba a Angélica Conditi. A Angélica Conditi, costurera, con lesión infiltrativa en vértice derecho.

-SlTAMIN, doctor, es un potente bactericida y bacteriostático de uso local. Los vehículos acuomiscibles de SITAMIN permiten al medicamento disolverse en los exudados de las heridas y alcanzar la infección liberando rápidamente su ingrediente activo. Sirvasé doctor. Muchas gracias.

Costurera, claro. El paquete grande que acomodaba bajo el brazo al subir al tranvía, siempre el mismo tranvía, el monedero de donde sacaba los treinta centavos, los pantalones separados por docenas allí, adentro del paquete...

...Y la luz encendida hasta tarde. Truncu-truncu truncu-truncu truncu-truncu, el ruido de la máquina que no estorbaba el sueño del muchacho dormido con un dedo en la boca...

...El calentador Primus en un rincón, el retrato... todo, todo eso yo lo veía, mejor dicho lo iba viendo de a poco, día a día, semana a semana, a medida que las palabras de la ficha amarilla giraban como moscardones delante de mis ojos.

Y así, casi sin quererlo, fui imaginando su vida, sus problemas. Hasta sus facciones se me aclaraban por momentos.

El patrón, que revisaba el trabajo y anotaba una cifra en la libreta de costura. Doce con setenta (¿por qué precisamente doce con setenta?). El viaje de vuelta a su cuarto, el cansancio...

-Angélica Conditi, usted me va a disculpar pero yo la conozco. No es culpa mía. Yo no tendría que haberla mirado a usted allí, encima del escritorio, ¡pero qué quiere Angélica Conditi l Me acerqué y la vi. No se preocupe... yo no voy a decir nada a nadie. Usted no es más que una ficha amarilla y de esas cosas no se habla, ¿no le parece?

Pero yo la buscaba y la buscaba. Y cada vez que veía pasar una enferma en la camilla con el rostro cubierto por una sábana, el corazón me daba un vuelco.

Son cerca de las doce. Norma debe estar preparando el almuerzo. Tengo hambre. Si le llevara algo para... No, es una pavada, en cuanto me vea la cara se va a dar cuenta de todo. Norma es así.

-Me echaron del empleo.

No, no, así no.

-Sabés, Norma, ya no trabajo más en los laboratorios SITMA.

Bueno, y después de almorzar le explico todo. Después de almorzar, mientras le ayudo a limpiar la cocina, despacito, despacito, le explico todo.

¿Pero por qué tienen que pasar estas cosas? Si el doctor Portella hubiera llegado al hospital cinco minutos más tarde yo ahora estaría trabajando. ¿No es una cosa absurda esto?

Pero los hechos se juntaron. Fueron entrando todos, uno por uno, apretujándose en la pequeña sala de médicos los hechos.

Después me provocaron, me tomaron por el pescuezo y me obligaron a hacer lo que hice.

Ayer a la mañana. Todo sucedió ayer a la mañana.

La primavera se paladeaba en el aire ayer a la mañana.

El médico jefe me hizo pasar a la salita y me convidó con café. Estaba contento. El sol, el perfume denso de las glicinas, nos ponían contentos a todos.

Llegaron varios médicos, saludaron al jefe y pidieron café. Y yo tomaba mi café junto con ellos. Estaba contento. Contento porque sí y porque los tenía a todos reunidos para hacerles mi propaganda.

La charla se fue haciendo franca y animada. Pero yo no quería perder la oportunidad y fui abriendo la valija para sacar las muestras y los folletos.

Entonces llegó el doctor Portella. Con el ceño fruncido esbozó apenas un saludo y se dirigió rápidamente al teléfono.

-Hola che, Portella habla. Comuníqueme con el doctor Martínez, ¿quiere?
(Así, en el tono que estoy hablando ahora, así habló el doctor Portella.)

Unos segundos de espera durante los cuales se hizo un involuntario silencio en la salita.

-Bueno, por favor. Cuando venga digalé que me llame. No se vaya a olvidar, es una cosa urgente.
(Así, en ese tono habló el doctor Portella.)

Colgó con impaciencia el tubo y se despachó. Y yo empecé a sentir ese miedo y después ese malestar que me subía desde el pecho y me quemaba en la piel.

-Pero che, un disgusto tremendo vea...
(No quiero seguir imitando al doctor Portella, no puedo.)

Él estaba disgustado, indignado. Esa es la palabra, indignado.

El doctor Portella tiene un auto nuevo, un Dodge 54, largo, negro, brillante, hermoso.

El doctor Portella venía con su Dodge por un camino del hospital. Seguramente él también paladeaba la primavera en el aire y estaba contento.

Al pasar frente a la sala cuatro venía fumando un cigarrillo y manejando despacio.

Y allí fue donde -¡qué barbaridad!- una enferma apareció corriendo y se tiró bajo las ruedas -¡esa estúpida!

No, no la había matado. Un machucón nomás porque frenó a tiempo.

Pero el doctor Portella necesitaba desahogar su indignación. Y hablaba. Contó varias veces lo mismo, el camino frente a la sala cuatro, la loca esa que se acerca corriendo, la frenada.

-¡Supongansé los líos en que andaría metido ahora si me fallan los frenos!
-Y usted, doctor, ¿sabe algo?… digo, el motivo... Me atreví a preguntar y mi propia voz me sonaba lejana, inexpresiva...
-¡Pero qué sé yo! Creo que la dejó el novio o algo por el estilo. Es enferma del doctor Martínez. Por eso quiero hablarle.

Una enfermera vino con las últimas noticias.

-Ya se le pasó el ataque de nervios. Está mejor.

Entró el mes pasado al hospital. Es una costurera.

Y los médicos hablaban. Todos, todos -ésa fue mi perdición- compartían el sentimiento del doctor Portella. Estaban indignados. Alguno hizo una broma.

El jefe de sala -éste puede salvarme, pensé-. El jefe de sala no había hablado. El jefe de sala es un anciano benévolo. Tiene siempre una palabra amable, una sonrisa. Un sabio de leyenda parece.

Yo le miraba los labios. Le imploraba con la mirada que dijera algo.

-¡Diga algo, doctor! ¡Diga algo humano! ¡Diga: pobre chica. Nada más que pobre chica y estoy salvado, doctor! ¡Diga lo que espero de usted, doctor! ¡Por el amor de Dios!

Y el jefe de sala habló. Se dirigió a mí y dijo: -Viajes al Departamento de Policía, declaraciones, testigos... Imagínese joven cuánta molestia. .

Y a mí la cara y los ojos me ardían como si estuviera con fiebre. Tenía en la mano izquierda la valija y en la derecha, que me temblaba, mis folletos y mis muestras. Quién sabe cuánto tiempo había quedado en esa postura. Mis folletos y mis muestras, así, listos para ofrecerlos a los médicos. Es ridículo, ¿no?

Ella estaba tendida largo a largo en el lecho traspirando extenuada. Ella, Angélica Conditi - porque otra no podía ser -, había corrido para terminar con su vida, con su miseria, con su enfermedad. Ella, Angélica Conditi...

-¿Qué tiene de nuevo, mi amigo?

Vino a provocarme una voz porque yo no quería hablar. Y la voz me golpeó en la frente. Me sacudió para que hablara.

-¡A ver, a ver esos productos!

Y como la voz me arrancó las palabras sacudiéndome y provocándome yo hablé:

-Encantado, doctor. ¿Usted conoce SITAMIN, doctor? ¿No lo conoce? SITAMIN es un producto maravilloso. Aplicado en forma de apósito protege contra los suicidios molestos. ¡Toda clase de suicidios, doctor!

Los médicos me miraban, hablaban entre ellos y quisieron reírse. Pero yo me les acerqué a uno por uno y les llené las manos de muestras y folletos. A todos. Me di cuenta que hablaba demasiado fuerte, que gesticulaba.

-¡Sirvasé doctor! ¡Una sola aplicación de SITAMIN y se librará de las molestias ocasionadas por costureras sentimentales! ¿Qué le parece, doctor?
-Además tenemos SITAMIN COLIRIO. Tres gotas en la conjuntiva del ojo y usted verá lo que debe ver: una lesión infiltrativa de vértice y no una pobre mujer agotada por el trabajo con una lesión infiltrativa de vértice. ¿Percibe la diferencia doctor? ¿Percibe la diferencia?
-Tres gotas, solamente tres gotas y los enfermos serán simplemente enfermos. Enfermos porque sí. No por hambre, ni por miseria, ni por agotamiento. ¿Qué tienen que ver esas cosas con una lesión infiltrativa de vértice? ¿Eh, doctor?
-¡Úselo, úselo usted mismo doctor! ¡Protéjase contra la vista de la verdad! ¡Protéjase contra el suicidio inoportuno de Angélica Conditi!
-¡SITAMIN COLIRIO protege su digestión! ¡Protege su digestión!

Y arrojaba las muestras. Se las tiraba como si repartiera monedas o confites. .

-¡SITAMIN COLIRIO contra la miseria! ¡SITAMIN COLIRIO para todos los problemas!
-¡SITAMIN COLIRIO para que los explotados no molesten!
-¡Para que mueran correctamente en sus camas!
-¡Para que dejen de enrostrarnos su presencia a cada momento!
-¡Para que vivan y sufran y mueran sin escándalo!
-¡Para que no interrumpan la digestión!
-¡Para que Angélica Contidi no interrumpa la digestión, doctor!
-Para...



Humberto Costantini
Nacido en Buenos Aires, el 8 de abril de 1924 y fallece también en Buenos Aires, el 7 de junio de 1987. Fue un escritor porteño. Hijo único de inmigrantes judíos italianos, reside en el barrio de Villa Pueyrredón. De su primer matrimonio con Nela Nur Fernández nacen tres hijos: Violeta, Ana y Daniel.

De por aquí nomás (cuentos) ediciones en 1958/1965/1969
Un señor alto, rubio de bigotes (cuentos) ediciones en 1963/1969/1972
Tres monólogos (teatro) ediciones en 1964/1969
Cuestiones con la vida (poemas) ediciones en 1966/1970/1976/1982/1986
Una vieja historia de caminantes (cuentos) edición en 1970
Háblenme de Funes (tres novelas breves) ediciones en 1970/1980
Libro de Trelew (narración épica) edición en 1973
Más cuestiones con la vida (poemas) edición en 1974
Bandeo (cuentos) ediciones en 1975/1980
De Dioses, hombrecitos y policías (novela) ediciones en 1979/1984
Una pipa larga, larga, con cabeza de jabalí (teatro) edición en 1981
La larga noche de Francisco Sanctis (novela) edición en 1984
En la noche (cuentos) edición en 1985
Chau, Pericles (teatro completo) edición en 1986
La rapsodia de Raquel Liberman (novela; dos tomos de tres concluidos; 1987

Caricatuta: Diego Parpaglione

  Roberto Diaz

30 de abril de 2010



Never More

sentado junto al borde de la desesperanza
mirando cómo el tiempo se babea en mi patio
invento estas palabras
que no son siquiera lo mejor de mí mismo

aquí dentro está oscuro
y hay viento y hay gemidos
por todos lados donde voy gotean
como pequeñas muertes como cantos

sentado junto al borde de cualquier estropicio
deshojando unas flores inclementes y mustias
la soledad se mira en mi sombra olvidada

si alguien abriera ahora la puerta de mi casa
para mostrarme el mundo como yo lo soñé
le diría simplemente que es tarde
que es muy tarde

porque cuesta trabajo descoser la tristeza
limpiar todas las furias que se han derramado
frotar esa sonrisa que no uso hace tiempo
y amar a todo viento como hace mucho amé

porque cuesta trabajo volver a ser el hombre
que calentaba pájaros bajo el sol de su casa.



Roberto Diaz

Obra: Nevermore - Paul Gauguin

  Dios los estaba soñando



Eduardo Galeano



La mujer y el hombre soñaban que Dios los estaba soñando.
Dios los soñaba mientras cantata y agitaba sus marcas, envuelto
en humo de tabaco, y se sentía feliz y estremecido por la duda y el misterio.
Los indios makiritare saben que si Dios sueña con comida, fructifica y da de comer.
Si Dios sueña con la vida, nace y da nacimiento.
La mujer y el hombre soñaban que en el sueño de Dios aparecía un gran huevo brillante.
Dentro del huevo, ellos cantaban y bailaban y armaban mucho alboroto, porque estaban
locos de ganas de nacer. Soñaban que en el sueño de Dios la alegría era mas fuerte que la
duda y el misterio; y Dios, soñando, los creaba, y cantando decía:
- Rompo este huevo y nace la mujer y nace el hombre. Y juntos vivirán y morirán. Pero
nacerán nuevamente. Nacerán y volverán a morir y otra vez nacerán. Y nunca dejarán de
nacer, porque la muerte es mentira.



Eduardo Galeano
(De memorias del fuego)
Nació en Montevideo Uruguay el 3 de septiembre de 1940.

  Divididos

29 de abril de 2010



Ala delta



Una chica en el cielo
vive en mi océano salvaje;
una radio que se cae
mientras duermen pájaros acá
una radio en el mar,
una chica en el cielo todo el tiempo
puedo ver pero no se,
todo esta muy rápido acá.
y los pibes remontaban barriletes,
y la virgen paso haciendo ala delta.
Todo esta muy fácil
si tenés tu propio cielo.
nada esta muy cerca,
nada que yo necesite.



Divididos
Del álbum “Vivo acá”

  Charly García

28 de abril de 2010



Como mata el viento norte



Como mata el viento norte cuando agosto esta en el día
y el espacio nuestros cuerpos ilumina.
Un mendigo muestra joyas a los ciegos en la esquina,
y un cachorro del señor nos alucina.
Hablame solo de nubes y sol,
no quiero saber nada con la miseria del mundo hoy.
Hoy es un buen día, hay algo de paz,
la tierra es nuestra hermana...
Marte nos cede el poder del sol,
venus nos enamora, la luna sabe de su atracción.
Mientras nosotros morimos aquí,
con los ojos cerrados, no vemos mas que nuestra nariz.
Como mata el viento norte cuando agosto esta en el día
y el espacio nuestros cuerpos ilumina.
Señor noche se mi cuna, se mi día,
mi pequeña almita baila de alegría...



Charly García
Del álbum “La máquina de hacer pájaros”

  The Beatles

27 de abril de 2010





Cuando tenga 64 años

Cuando envejezca y pierda mi pelo,
dentro de muchos años.
¿Aun me mandarás una tarjeta de San Valentín,
una felicitación de cumpleaños o una botella de vino?

Si he salido hasta las tres menos cuarto
¿me cerrarás la puerta?
¿Me necesitarás, me alimentarás
cuando tenga 64 años?

Tu también serás más vieja
Y si dices la palabra, podría quedarme contigo.

Podría resultar de utilidad arreglando un fusible
cuando se te apaguen las luces.
Tu puedes hacer un sueter junto a la chimenea,
los domingos por la mañana ir a dar una vuelta.

Arreglando el jardín, quitando las hierbas
¿quién podría pedir más?
¿Me necesitarás, me alimentarás
cuando tenga 64 años?

Cada verano podemos alquilar una casa de campo en la Isla de
Wight, si no es demasiado cara.
Deberemos ahorrar.
Tus nietos sobre tus rodillas,
Vera, Cuck y Dave.

Mándame una postal, envía unas líneas
con tu punto de vista.
Indica de manera precisa lo que quieres decir,
tuyo sinceramente, echándome a perder.

Dame tu respuesta, rellena un formulario,
mía para siempre,
¿Me necesitarás, me alimentarás
cuando tenga 64 años?



The Beatles
Del Album Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band
1967

  Emma Barraundeguy

26 de abril de 2010



El Cuerpo

¿Por qué no es posible el amor?,
me preguntas.
Somos viejos, respondo.
Y que pases tu mano
por mi pierna,
me da cierta vergüenza.
Tonterías, dice el amigo
y cediendo
me tiendo a su lado como cuando era joven
y lo ignoraba.
Pienso en todos los viejos
que desde un banco al sol
miran transcurrir las muchachas.
En mi padre y sus esquelas victorianas
a las niñas de los mandados.
Pienso en mi madre pulcra
cubriendo sus desnudos en un último gesto.
Pienso que los viejos son como todos
y apetecen sin pausa
si no han sido saciados.
El cuerpo gira ante sus ojos
con el gusto de lo prohibido,
como siempre.
Se los instala en la sabiduría
y no la tienen;
codician como jóvenes,
tienen pequeñas ternuras
como mi amigo,
tienen lascivas preferencias
que no les cuentan a los otros,
tienen derecho al amor
aun a costa del ridículo.
Y si pasan tomados de la mano
o se encierran en su mundo
con las persianas bajas,
tendríamos que mirarlos sin asombro
como a lentos vagabundos
o discretos amantes que renuevan caricias.



Emma Barraundeguy
De: Camino hecho, 1996

Nacio en Gualeguay en 1914 y murió en esa misma ciudad en 2006. En la década del 30, se mudó a Buenos Aires, donde vivió por varias décadas. Pronto pasó a ser secretaria privada de Salvadora Onrubia de Botana y así accedió al movido círculo en torno al diario Crítica.
Publicó: Poemas 1934-35; Las puertas (poesía, 1964); El andamio (1964, relato); Amor saca amor (1970, teatro); No digo que mi país es poderoso (1982, ensayo); Los pobladores (1983, relato); Crónica de medio siglo (1984, crónica novelada); Refracciones (1986, poesía); Camino hecho (1991, poesía); Salvadora, una mujer de Crítica (1997, biografía, crónica y ensayo); Habitaciones (2002, novela autobiográfica); y Mastronardi-Gombrowicz: una amistad singular (2004, ensayo).