Estación Quilmes: 01-mar-2010

  Carlos Patiño

1 de marzo de 2010




PARA GANAR EL PAN

el poeta no
encuentra
el poema en el aire y lo caza
el poema no es un pájaro / el poeta no
recibe visitas clandestinas de números graciosos
que se instalan en su egregia cabeza
iluminándola / el poeta es
como un viejo minero solitario y muy terco
que arrastrando su mula
penetra cada día al socavón pico pala esperanza
golpe a golpe a la piedra tras la eterna quimera
e igual que los mineros
son muy pocos los que dan con la dorada veta / pero
una vez y otra vez pico pala esperanza
tras la eterna quimera
golpe y golpe a la piedra jornada tras jornada
pisoteando palabras el aire enrarecido
polvo sobre la frente
sudor lucha trabajo / el poeta es
como el viejo minero
que acostumbra morirse
abrazado a su mula a su pico a su pala.

_
Carlos Patiño
"Esquinas silenciosas", 1990.

Nació en (1934), miembro del Grupo Barrilete. Debió radicarse en México en 1976 donde realizó una amplia tarea en el periodismo y en la cultura.

Dirigió talleres literarios de donde surgieron docenas de escritores de la mejor madera.

Premio Casa de las Américas, Cuba 1990.
Obras publicadas: Buenos Aires por la cabeza, Hombres de doce menos cuarto, Retratos, Jaque a la dama, Ceremonias (y otros desórdenes), Esquinas silenciosas, Murciélagos, Manuales del sobreviviente, Alrededores del enigma, Manantial en llamas, Selección poética 1975-2002, Buscados (pero no hay recompensa), Scalám.
En el 2004 fué publicada su novela La Pallamay (la indescifrable estrealla de los indios Quilmes).


Fotografía: Daniel Grad

  Julio Cortázar



POEMA

Te amo por ceja, por cabello, te debato en corredores blanquísimos
donde se juegan las fuentes de la luz,
te discuto a cada nombre, te arranco con delicadeza de cicatriz,
voy poniéndote en el pelo cenizas de relámpago y cintas que
dormían en la lluvia.
No quiero que tengas una forma, que seas precisamente lo que
viene detrás de tu mano,
porque el agua, considera el agua, y los leones cuando se disuelven
en el azúcar de la fábula,
y los gestos, esa arquitectura de la nada,
encendiendo sus lámparas a mitad del encuentro.
Todo mañana es la pizarra donde te invento y te dibujo,
pronto a borrarte, así no eres, ni tampoco con ese pelo lacio,
esa sonrisa.
Busco tu suma, el borde de la copa donde el vino es también la luna y el espejo,
busco esa línea que hace temblar a un hombre
en una galería de museo.
Además te quiero, y hace tiempo y frío.

_
Julio Cortázar
Último round (1969)

Nacio en 1914 y murio en 1984.
Poesía publicada: Presencia, 1938 (sonetos)
Pameos y meopas, 1971
Salvo el crepúsculo, 1984


Pintura: Caracola - de Roberto Fabelo

  Juan Gelman


 
¡QUIEN PUDIERA AGARRARTE POR LA COLA...

¡Quién pudiera garrarte por la cola
magiafantasmanieblapoesía!
¡Acostarse contigo una vez sola
y después enterrar esta manía!
¡Quién pudiera agarrarte por la cola!


Juan Gelman

Nace en Buenos Aires en 1930.
Publicó decenas de libros de poesías entre los que se encuentran: Violín y otras cuestiones, "El juego en que andamos", "Gotán", "Cólera buey", "Los poemas de Sidney West", "Interrupciones I y II", "Carta a mi madre" y "Mundar".
Obtuvo los Premios Juan Rulfo (2000), el Reina Sofía y el Premio Cervantes (2007). Actualmente reside en México.


Juan Gelman / Cuarteto Cedrón - EL CABALLO DE LA CALESITA



Fotografía: Mariano Assenza Parisi

  Ana Emilia Lahitte




CETRERÍA

Liebre, venado, faisán

No me atrae la caza,
ni me gusta alinear la carne roja
en bandejas de plata.
Pero el halcón acaba de traerme tus ojos
Amo la cetrería

Mañana
ha de traerme tu mirada

_
Ana Emilia Lahitte

Nació y vive en la ciudad de La Plata, Buenos Aires, Argentina.
Ha publicado 23 libros (poesía, narrativa, ensayo, teatro y periodismo). Su actividad sociocultural es incesante, proyectada prioritariamente al interior de su país o auspiciada por países extranjeros.

Es designada Ciudadana Ilustre, por la Municipalidad de La Plata.

Su Taller de Poesía y el Grupo de Hojas y Cuadernos de Sudestada tienen más de 25 años de trayectoria y más de 300 publicaciones.


Escultura: Shawn Lovell

  Luisa Futoransky


 
DENTADURA

Batallas sangrientas, perdidas de antemano por cada una
de mis muelas y mis dientes
un mapa con banderilleo de privaciones y cercenamiento
cuyas trazas se pierden
en las mismas, reiteradas escaleras
que conducen a idénticos tronos
de aprensión, oprobio
y pánico

Carradas de nombres, moldes en yeso vaciados de significado
como maxilares caninos molares
para quedar con una sola referencia elemental:
los de adelante, los de atrás
los de arriba, los de abajo;
como los primeros pasos de Buda
desnudo
en el mundo
hostil

Incisivos de vampiro de morsa
roedores
caricaturas, puertas primeras que revelan
a los hombres
del poder

Romper/ no romper
rechinar
los dientes

Oh! mis dentistas con sus pinzas
gasas
jeringas
puentes
coronas
falsas anestesias del mundo entero
manos singulares que me arrancaron
una a una las raíces del juicio
y cada tanto, a falta de tantas cosas
me prescriben tabletas que adormecen
bacterias sin sosiego

Encías
residuos
sueños

Refulgente
la sonrisa kolinos
o colgate
brilla desde nunca
por su permanente
ausencia.

_
Luisa Futoransky
"Arles, enero 3, 1995"

Nació en Buneos Aires en 1939. Abogada, aunque nunca ejerció, está radicada en Francia desde la década del 70.

Entre sus publicaciones en Poesía se contabilizan:-Trago Fuerte (1963). Ed. de la Casa de Moneda. Potosí, Bolivia. El corazón de los lugares (1964). Ed. Perrot. Buenos Aires, Argentina. Babel Babel (1968). Ed. La Loca Poesía. Buenos Aires, Argentina. Lo regado por lo seco (1972). Ed. Noé. Buenos Aires, Argentina El nombre de los vientos. (1976). Aljafería, Zaragoza, España. Partir, digo (1982). Ed. Prometeo, Valencia, España. Partir, te dis-je (poesía). Traducción de Françoise Campo-Timal. Arles: Editions Actes-Sud, 1985. El diván de la puerta dorada. (1984). Ed. Torremozas, Madrid,España. La sanguina (1987). Ed. Taifa, Barcelona, España. La parca, enfrente (1995). Libros de Tierra Firme, Buenos Aires, Argentina. Cortezas y fulgores. 1997. Editorial Barcarola, Albacete, España. París, desvelos y quebrantos. 2000. Pen Press, Nueva York, Estados Unidos. Estuarios. 2001. Ediciones del mate, Bs As, Argentina. Antología Poética. 2002. Fondo Nacional de las Artes, Bs As, Argentina- Prender de gajo. 2006. Editorial Calambur, Madrid, España.

Premios y Distinciones-

Premio Internacional de Poesía Carmen Conde, España, 1984
Premios de poesía del "Fondo Nacional de las Artes"
Chevalier des Arts et Lettres, Francia, 1990
Beca Guggenheim, 1991, EE.UU
Beca del Centre National des Lettres, 1993, Francia.


Pintura: Piano Bocasa - de: Diego Manuel

  Cesare Pavese



VENDRÁ LA MUERTE Y TENDRÁ TUS OJOS

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos
-esta muerte que nos acompaña
de la mañana a la noche, insomne,
sorda, como un viejo remordimiento
o un vicio absurdo-. Tus ojos
serán una vana palabra,
un grito acallado, un silencio.
Así los ves cada mañana
cuando sola sobre ti misma te inclinas
en el espejo. Oh querida esperanza,
también ese día sabremos nosotros
que eres la vida y eres la nada.
Para todos tiene la muerte una mirada.
Vendrá la muerte y tendrá tus ojos.
Será como abandonar un vicio,
como contemplar en el espejo
el resurgir de un rostro muerto,
como escuchar unos labios cerrados.
Mudos, descenderemos en el remolino.


Cesare Pavese
"Vendrá la muerte y tendrá tus ojos" (1951)

  Raúl González Tuñón



ECHE VEINTE CENTAVOS EN LA RANURA (I)

A pesar de la sala sucia y oscura
de gentes y de lámparas luminosas,
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.

¡Y no ponga los ojos en esa hermosa
que frunce de promesas la boca impura!
Eche veinte centavos en la ranura
si quiere ver la vida color de rosa.

El dolor mata amigo, la vida es dura
y ya que usted no tiene ni hogar ni esposa,
si quiere ver la vida color de rosa
eche veinte centavos en la ranura.

_
Raúl González Tuñón
"El violín del diablo" (1926)

Pintura: Diego Rivera - La Noche de los Pobres

  Efemérides del 1 al 7


1 de marzo de 1994 muere Eliseo Diego



2 de marzo de 1963 muere Leónidas Gambartes



4 de marzo de 1948 muere Antonin Artaud



6 de marzo de 1928 nace Gabriel Garcia Marquez



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  Efemérides del 8 al 15


Día 8 Nace en 1892 Juana de Ibarbourou



Día 8 Feliz Dia de la Mujer



Día 9 Muere en 1994 Charles Bukowski



Día 12 Nace en 1922 Jack Kerouac

  Efemérides del 16 al 23


Día 16 Nace en 1892 César vallejo



Día 17 Nace en 1920 Olga Orozco



Día 18 Nace en 1842 Mallarme



Día 18 Nace en 1911 Gabriel Celaya



Día 19 Muere en 1999 Jaime Sabines



Día 20 Nace en 1770 Hölderlin


Día 21 Dia Internacional de la Poesia 1999 Unesco

¡Quién pudiera agarrarte por la cola...

¡Quién pudiera garrarte por la cola
magiafantasmanieblapoesía!
¡Acostarse contigo una vez sola
y después enterrar esta manía!
¡Quién pudiera agarrarte por la cola!



Día 23 Nace en 1898 Ricardo Molinari

  Efemérides del 24 al 31


24 de marzo, Dia de la Memoria, la Verdad y la Justicia



Dia 25 Nace en 1926 Jaime Sabines



Dia 26 Muere en 1926 Walt Whitman



Dia 27 Nace en 1901 Enrique Santos Discépolo



Dia 29 de 1942 Muere en la Carcel de Alicante Miguel Hernandez

  © Javier Villafañe no ha existido...


















Javier Villafañe no ha existido nunca[1]
Por Leopoldo Castilla

Una vez reuní una serie de pruebas que demostraban que Javier Villafañe, no había existido nunca, dado que todos los prodigios que producía ese señor de barba blanca y ojos submarinos no tenían el mínimo asidero en la vida real, menos en el código de las buenas costumbres, además de no registrar antecedentes en la historia que, como todo el mundo sabe, se repite y no se anda con imaginerías que pongan en duda su buen nombre y honor.

Javier Villafañe en realidad fue el invento de un señor que se llama Maese Trotamundos, el del sombrero alón y la corbata voladora. Un actor de fuste que ascendió al papel maché y a la gloria del teatrino donde cosechó aplausos y una amante que rima con amante: Genoveva de Brabante.

Fue él el que inventó La Andariega, una carreta para que la mula Mariposa, llevara a un titiritero con las bridas y a otro fumando, mirando el cielo, que es donde continúan todos los caminos. Fue él, el que cargando en su maleta, a Javier, ese señor que solía usar tres sombreros en su cabeza disparatada, lo sacaba en las funciones para que cuente las monedas de la gorra, una para el pan, otra para el amigo, otra para el vino, y el que lo ponía a escribir versos emocionados de tanta alegría. Después, el tal Villafañe, adquirió una alevosa maestría que hasta se dio el lujo de ser un gran poeta, ese Jacques Prevert de la poesía latinoa¬mericana y no sólo eso, sino que además, como contaba Salvador Garmendia, les enseño a escribir cuentos a los venezolanos, con una prosa breve, feroz y risueña.

Quiero hacer hincapié que Don Maese Trotamundos pernoctó varios años en Los Andes de Venezuela, donde se asiló perseguido por la Junta Militar Argentina, que como todo el mundo sabe eran títeres, sin saberlo, sólo que a diferencia de éstos eran crueles y mediocres. Allí, al parecer el susodicho Villafañe, para seguir aparentando ciertos rasgos humanos, se dedicó a escribir libros, a juntar cuentos y relatos de cuanto veloriado había y hasta creó una Cátedra de Títeres en la Universidad. Todo a espaldas de Maese Trotamundos que, ajeno a estas maniobras, salía a ganarse el pan, actuando de pueblo en pueblo, como lo venía haciendo por toda América Latina.

No contento con ello el mencionado Javier se las ingenió para entrar a España de contrabando junto a un tal Juancito, una tal María y el Diablo, miren ustedes, el Diablo, las compañías en las que andaba. Allí llevó a otros personajes que sería de buen gusto no recordar por aquello de “dime con quién andas y te diré quién eres”, como Dávalos novelista, Paulino Durán, titiritero, Eduardo Gomandés, fotógrafo y bajo el poncho a toda la poesía de Venezuela.

Anduvo por Castilla-La Mancha, cobrando los emolumentos que conseguía Maese Trotanundos -ya al borde de una palidez mortal, de hambre seria - y, por supuesto, dilapidándolos sin que pudiera ser capturado por policía alguna, ya que carecía de impresiones digitales -siendo bastante impresionista- como le ocurre a todos lo titiriteros que ceden sus manos a las manos de los muñecos.

En uno de sus viajes a Venezuela vino del brazo de una bella mujer llamada Luz Marina. Es fácil ver la argucia literaria detrás de este nombre. Una muchacha tan encantadora que sólo podía ser una metáfora y que lo acompañó por todos los caminos haciéndolo atravesar aduanas con pasaporte verdadero, pero con la persona falsa. Porque persona de este mundo no era, de eso estoy seguro.

Maestro en ardides como Pedro de Urdemales, como Juan El Zorro, en cuya compañía supo trasegar vinos y países, se afilió al Partido Comunista -en realidad no sé si se afilió- pues como es lógico en quien es imaginario, se unió a la utopía. Tal era su don de hechicería que hasta viví con él -consiguió hacerme titiritero y trastocar mis impolutos hábitos. Sí, repito, viví con él, totalmente convencido de que existía. Por creerle perdí una escombrosa mansión que alquilaba en el muy distinguido barrio de Lavapiés, a causa de que sobraba un cuarto. "Es el cuarto del viudo, Teuquito, hay que buscar un viudo". Hallamos un divorciado, Tito Gómez (todo di¬vorciado es un viudo provisorio) quien a su vez halló a una dama que alucinada se desnudó en el balcón y a los gritos amenazaba con suicidarse. Resultado: yo en la calle, denostado por los vecinos, porque además de ese escándalo, el susodicho Javier el día antes, había salido en procesión con la barba pintada de rojo y un copón en la mano, y en esa procesión, precedido por mí -perdón Santa Madre Iglesia, perdón- que disfrazado de Papa repartía bendiciones a los atónitos madrileños.

Desde entonces tengo estos desvaríos que no se me pasan. Y es más: alucinado como Don Quijote que al verlo en La Mancha abandonó España, porque como decía, ya el irreparable Ingenioso Hidalgo: "Coño, me libro de ver gigantes donde había Molinos y ahora veo Javieres Villafañes”. Y se internó en un, neurosiquiátrico.

Alucinado, decía, yo, es que esto les cuento, que creyendo en el embeleco de su existencia hace años que intento hacerle una elegía. Y no hay cómo, porque viéneseme para al lado y el muy invisible me dice: “No sea burro, no se ponga solemne”.

Da dos pasos y antes de desaparecer agrega, el maldito: “No le va a salir, no le va a salir”.

De allí que atado a un hilo de conciencia que me resta, respetable público, damas y caballeros, reafirmo mi teoría: Javier Villafañe, no ha existido nunca. La prueba es que ese señor, esa criatura estrafalaria y prodigiosa, no puede morir, nunca va a poder morir.
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[1] Discurso leído en la presentación del libro Javier Villafañe para la Escuela.
Poemas, relatos y teatro (Editorial Atuel, 2004).

  © Carta Lacaniana - Abelardo Castillo



Texto del libro: LAS PALABRAS Y LOS  DIAS


Señor Contador de la Escuela Freudiana de Buenos Aires S / D

Señor: me dirijo a usted y por su intermedio a la Comisión Directiva de esa institución para dejar constancia escrita, vale decir "a la letra" (cfr. Écrits) de que en el acto de pago a mis conferencias sobre Edgar Poe ha quedado un residuo, como diría el doctor Lacan, que usted, como psicoanalista, debería poder analizar. Ante todo: me doy cuenta de la incompatibilidad que existe entre la función de contador y la de analista. El analista escucha; el que cuenta, o sea el contador, es el paciente. Que usted, doctor, deba sobrellevar en la Escuela Freudiana un cargo, el de contador, por completo antagónico con su profesión habitual, nos ha creado quizá este pequeño problema que, sin embargo, no puede ser resuelto transfiriéndomelo a mí. En cuestiones de sexo y de dinero, me han dicho que ha dicho Freud, hay que hablar claro. Puede que yo no fuera del todo explícito cuando fijé mis honorarios en setecientos cincuenta mil pesos por conferencia, pero muy oscuro no puedo haber sido puesto que eso fue, exactamente, lo que se me pagó por mi primera charla, y, para que la exactitud resultara incluso cronológica, tal pago se efectuó la misma noche del acto. Connotaciones prostibularias al margen, le hago notar que, en cambio, para mi segunda charla no sólo se decidió mitigar mis honorarios, sino que, concluido el acto, no había nadie en su oficina siquiera para informarme de la informal merma. Al día siguiente, y por procuración, me enteré de que sólo recibiría dos tercios de lo acordado (y, si no acordado, al menos re-cordado, por mí, que tenía presente lo acontecido la semana anterior), dos tercios, hago notar de paso, aleatoriamente desvalorizados por la súbita caída del peso argentino, devaluación que ni usted ni yo podíamos prever, aunque quizá el homo económicus que hay en usted, estimado contador-analista, esté más capacitado que yo para evaluar.

O de otro modo: siento que, por lo menos, se me adeudan doscientos cincuenta mil pesos. Y digo "por lo menos" no porque reclame indexación por la citada caída del peso, sino porque, en casos como éste, se acostumbra, por lo menos, la cortesía de una disculpa.

No he consultado esto con mi analista porque, acaso desdichadamente, no me analizo, tal vez usted pueda consultarlo con el suyo y lleguemos finalmente a un cuerdo acuerdo. Mientras tanto le confieso que mi planteo es puramente ético. Y por más de una razón. Si usted, doctor, ha leído bien a Freud y a Lacan advertirá, en primer término, que si yo no cobro por lo que hago, en realidad estoy pagando. Llamémosle a esto complejo de culpa y verá en qué aprieto me pone usted con su actitud: ¿qué error o falta de decoro cometí yo al dar esas conferencias (o antes, tal vez en mi infancia) para tener que pagar por ellas? Si no cobro, señor, deberé tal vez analizarme para descubrirlo, lo cual, espantosamente, me obligaría a pagar acaso innumerables sesiones a un psicoanalista para re-cobrar, pagando, lo que pagué por no cobrar. No puede ser ésta la solución. A menos que mi analista fuera usted y yo no le pagara, o yo lo analizara a usted cobrándole lo que me debe por mis conferencias, más unos centavos simbólicos, para evitarle una mala transferencia.

La otra cuestión ética, es casi estética. Soy escritor. Hace veinticinco años que vengo luchando por la dignidad del trabajo intelectual. En una sociedad como la nuestra, parte de esa dignidad consiste en que la inteligencia sirva, materialmente, para vivir. Si usted hubiese estado presente en mis charlas sobre Edgar Poe ya sabría qué significó para ese hombre, asumir esa ética. Sin contar con que, de haber estado usted, la deuda de su institución conmigo sería menor en veinte mil pesos, ya que, poéticamente al menos, su pago de la entrada habría llegado a destino, como la carta famosa que recuperó el chevalier Dupin y que analizó el doctor Lacan. Pero acaso juzgo mal y usted estuvo. Entonces, señor, quedo su amigo, pues usted como analista ya pagó, aunque no a mí, y en todo caso escuchó lo que pienso sobre la ética, la poesía y la inteligencia, y no hace falta repetirlo.

Si esto es así, me disculpo yo. Y, al desagraviarlo, desagravio en efigie a toda la comisión directiva de la Escuela Freudiana, a la que dono esa residual tercera parte de mis honorarios para que, por ejemplo, hagan arreglar el micrófono que no siempre funciona como debe, por decirlo así.

Saludo en usted cordialmente al analista, me despido para siempre del contador y, si ha tenido la paciencia de leer hasta el fin esta carta, deploro que esa paciencia lo haya convertido, por un rato, en mi paciente.

  © Melancolía - Poesía y Psicoanálisis

Por: Melania Musuruana
Psicoanalista- Psicóloga- Tesista Mag. en Psicoanálisis U.N.R.



















“los deterioros de las palabras
deshabitando el palacio del lenguaje
el conocimiento entre las piernas
¿qué hiciste del don del sexo?
oh mis muertos
me los comí me atraganté
no puedo más de no poder más
palabras embozadas
todo se desliza
hacia la negra liquefacción”

Alejandra Pizarnik, En esta noche, en este mundo

La escritura de Alejandra Pizarnik me enseñó acerca de la melancolía tanto como los ensayos freudianos, esto no quiere decir que me interese hacer un diagnóstico, ni caer en la tentación de un psicoanálisis aplicado al artista, pero es imposible no reparar que en su poesía y en su prosa se da a leer el dolor de existir, la acidia y la melancolía. Julia Kristeva, en una entrevista que publica la revista Zona erógena nº 20, dice que su interés por la palabra del depresivo le parece su aporte a la escucha y a la clínica psicoanalítica:

“’No -parecen decir los melancólicos y los deprimidos - vuestra sociedad, vuestras actividades, vuestras palabras no nos interesan, estamos en otra parte, no estamos, no somos, estamos muertos". Por otra parte, la "desvalorización del lenguaje’. El discurso deprimido puede ser monótono o agitado, pero la persona que lo sostiene da siempre la impresión de no creer en él, de no habitarlo, de mantenerse fuera del lenguaje, dentro de la cripta secreta de su dolor sin palabra.”

La pregunta, en todo caso, es qué ocurre en la poesía. Sin dejarnos suponer depresivo o melancólico al poeta, podemos sin embargo escuchar una posición melancólica en el poema, o bien puede ser que el poema nos lleve a un lugar común con la melancolía; aunque a veces es innegable la insistencia de un decir melancólico y melancolizante del poeta a través de su obra. Allí situaría yo a la melancolía en la poesía. Pero entonces hay algo del orden del decir, hay un resto que se refugia en la palabra o la palabra cumple la función de resto y por lo tanto hay otra función del objeto perdido/cedido del que hablaba más arriba. En este sentido es interesante retomar la relación del genio y la melancolía. Mattoni dice, a propósito de Baudelaire:

“Todo parece alejarlo de la comunicación, como diría Biswanger, hasta de la mínima necesaria para sobrevivir. Pero el poema es la prueba de que la atmósfera angustiante no degrada a quien habla, que precisamente pasa por trabajar laboriosamente sobre palabras que no dicen nada. ‘La destrucción fue mi Beatriz’, dirá Mallarmé abriendo otra puerta de la poesía moderna. La máquina destructiva de Baudelaire le da impulso a su escritura, en su momento negativo, una liberación de energía que después podrá descargarse a favor de los otros, las viudas, los viejitos, los mendigos, pero no en general sino en particular, en calles precisas.”8

Voy a citar extractos de poemas de Alejandra Pizarnik que dicen acerca de esta singular relación de la poesía con la melancolía:

“Cuando a la casa del lenguaje se le vuela el tejado y las palabras no guarecen, yo hablo.”9

“No puedo hablar para nada decir. Por eso nos perdemos, yo y el poema, en la tentativa inútil de transcribir relaciones ardientes.

¿A dónde la conduce esta escritura? A lo negro, a lo estéril, a lo fragmentado.”10

‘Poema’, en Los trabajos y las noches:

“Tú eliges el lugar de la herida
en donde hablamos nuestro silencio.
Tú haces de mi vida
esta ceremonia demasiado pura.”

En La condesa sangrienta podemos situar la identificación regresiva a la fase oral, la “manducación canibalesca”, como dice Agamben, según la cual se incorpora y se destruye en el mismo acto al amado/odiado objeto. Erzébet Báthory se nutría y se daba baños con la sangre de bellas jóvenes para capturar sus atributos, especialmente el de la lozanía, en un ritual que recuerda al banquete totémico del mito freudiano en el que el clan consume al asesinado padre de la horda para tomar de él todas sus cualidades. Identificación canibalística, primordial, devoración del objeto:

“oh mis muertos
me los comí me atraganté”

Agamben dice que así como la clasificación de la psiquiatría del siglo XIX llamó melancolía a los cuadros de canibalismo que se presentaban en el escenario criminal de la época, detrás de los ‘ogros melancólicos’ de los archivos legales resucita la figura siniestra de Saturno comiéndose a sus hijos,“cuya asociación tradicional con la melancolía encuentra aquí un fundamento ulterior en la identificación de la incorporación fantasmática de la libido melancólica con la comida homofágica del depuesto monarca de la edad de oro.”11

“El poema que no digo,
el que no merezco.
Miedo de ser dos
camino del espejo:
alguien en mí dormido
me come y me bebe.”12

Dualidad de la melancolía, del espejo, la vida la muerte como dice Rene Major, intuición que hace de La condesa sangrienta el emblema de la figura melancólica- maníaca, de esa perversión blanca e innombrable13 como la llama Kristeva.

“Continúo con el tema del espejo. Si bien no se trata de explicar a esta siniestra figura, es preciso detenerse en el hecho de que padecía el mal del siglo XVI: la melancolía […]Pero hay remedios fugitivos: los placeres sexuales, por ejemplo, por un breve tiempo pueden borrar la silenciosa galería de ecos y de espejos que es el alma melancólica. Y más aún: hasta pueden iluminar ese recinto enlutado y transformarlo en una suerte de cajita de música con figuras de vivos y alegres colores que danzan y cantan deliciosamente. Luego, cuando se acabe la cuerda, habrá que retornar a la inmovilidad y al silencio.”14

Dice Starovinsky en La melancolía y el espejo que el ojo del melancólico mira lo insustancial.

Los placeres sexuales no pueden borrar nada porque justamente nada se borra en la melancolía, la manía erótica es precisamente un intento fallido e igualmente hemorrágico de convertir la opaca galería de espejos en una fiesta que no se acerca ni un poco a la asunción jubilosa de la imagen especular de la constitución imaginaria. Siguiendo escritos freudianos como el manuscrito G y el “Proyecto…” podemos decir que la hemorragia es de las representaciones. Es esa fuga a lo insustancial, a la nada, que se realiza exitosamente, dice Lacan, en el pasaje al acto por excelencia que es el suicidio.

Material publicado en PSIKEBA revista de Psicoanálisis y Cultura

  © Una noticia que sorprende
















Roberto Fontanarrosa

en la voz de: Alejandro Apo

La noticia, cuando menos, sorprende. En Paraná, provincia de Entre Ríos, una mujer, tras treinta años de matrimonio, descubrió que su marido era ciego.
¿Cómo podemos interpretar la conducta de esta señora, pregunto yo, cómo podemos interpretarla? Porque no estamos diciendo que ella descubrió que su marido no tenía visión, digamos, para los negocios, o no tenía visión para las grandes empresas, no. Ella descubrió, tras treinta años de matrimonio, que su marido no tenía visión en los ojos, que no veía nada, que era completamente ciego.
Se le preguntó a esta señora, le preguntaron los periodistas cuando la insólita noticia tuvo difusión, cómo era posible que no se hubiese dado cuenta antes. Y ella dijo: "Mi esposo tiene tantas falencias, tantas falencias tiene mi marido que, ésa, la de la ceguera, pasaba desapercibida".
Entonces usted, yo, nosotros, todos, nos preguntamos... ¿No notó doña Asunta -porque así se llama la mujer en cuestión durante una convivencia de tres décadas, que su marido no veía? Ella se defendió diciendo que sí, que lo había notado. Que a veces observaba a su marido vacilante, al parecer indeciso. Pero como su marido lo era siempre para tomar determinaciones, para resolver qué ropa ponerse o incluso para decidir qué deseaba comer, a ella aquello no le pareció sorprendente.
Paso a leerles, ahora, algunos párrafos de las declaraciones de esta señora de Paraná a diarios de Buenos Aires que acudieron a entrevistarla.
"Yo notaba que mi José leía poco, es cierto, pero yo tampoco soy una intelectual. Puedo leer alguna revista vieja, algún diario o las efemérides de los calendarios, pero no es la lectura una cosa que hagamos muy a menudo en mi casa."
Vamos percibiendo, entonces, mis amigas y algunos amigos que advierto por allí, especialmente en las filas del fondo-, cómo esta anécdota francamente extraña que traigo hoy a colación se entronca, se contacta, se enclava -en el tema de mi charla "La incomunicación en la pareja moderna". Y surge la pregunta, la curiosidad, la requisitoria... ¿Quién es más ciego en este caso? ¿El marido de la señora Asunta -José- con su falta de visión congénita o la misma señora Asunta, que no supo, o no pudo, o no quiso, enterarse de la anomalía de su esposo?
Veamos este otro dato, francamente notable, que nos entrega la prensa: "La señora Asunta -remarca el diario 'El Impreso' de Nogoyá- no sospechó ni siquiera cuando su marido, para empezar a concurrir a un gimnasio de la zona, le solicitó la compañía de un perro".
Acá hay una situación concreta. Este hombre austero, poco comunicativo, parco, acostumbrado a no pedir demasiadas cosas, rompe por fin con su austeridad y solicita algo: un animal, un perro. Recordemos que José, el marido, no trabajaba. Estaba ya jubilado de su oficio de relojero, que había ejercido durante cuarenta años ayudado solamente por su sentido del tacto. Y era Asunta la que salía para hacer las compras, pagar los impuestos y visitar a su familia.
"Debo reconocer -dice la señora en este otro recorte de diario- que no me cayó muy bien el pedido de mi esposo. Era como decirme que no le alcanzaba con mi compañía. Era introducir entre nosotros dos, que siempre habíamos vivido solos, que no habíamos querido tener hijos para no dispersar nuestro cariño y que, además, vivimos con un presupuesto muy ajustado, un elemento nuevo, desconocido, costoso y, además, no humano, porque se trataba de un animal."
Es clásica esta situación, queridos amigos: la de la pareja cerrada, simbiótica, en la que no se sabe dónde termina uno de los componentes y dónde comienza el otro. Como también es clásica en estos casos la aparición del temor a que un elemento externo, como el perro, altere la relación. He hablado de esto en mi charla anterior, "La interferencia de Perico", donde toqué el caso de esa pareja venezolana madura que ve destruida toda su intimidad tras la compra de un loro. Recordarán quienes concurrieron a este mismo auditorio a fines de enero que el loro comenzó a memorizar cortas frases que escuchaba de labios del esposo las pocas veces en que éste estaba solo, y las repetía luego frente a la esposa cuando ella llegaba.
Ahora repito yo como un loro, y perdonen el mal chiste, que la pareja de Asunta y José era una pareja simbiótica. Simbiótica al punto que él suele usar polleras de ella y que ella luce en estas fotografías una sombra de bigote, un bozo, como se decía antes, una pelusa grisácea sobre el labio superior. En el marido puede disculparse la confusión, dado que no nos resulta difícil imaginarlo tanteando dentro del ropero en busca de su vestuario y sacando al azar una prenda cualquiera. Incluso el tacto más adiestrado puede confundir un cuello de piel de nutria con una corbata de fieltro. O, prestemos atención, un cuello de piel de nutria con un perro lazarillo vivo y coleando.
¿Qué respondía la señora Asunta ante esta particular forma de vestirse de su marido? "Mi José sale poco -declara acá-y no era raro que se paseara por el patio con un batón que era de mi madre. Un batón muy lindo, marroncito con pintitas blancas. Por eso tampoco me resultaba demasiado raro verlo en polleras."
"¿No pensó que su marido podía tener tendencias un tanto raras?", -le pregunta el periodista, que trabajaba, sin duda, para un medio con tendencia al escándalo. "No me pregunte esas cosas", responde ella. Vemos la negativa, el rechazo, el temor ante la intromisión ajena en una pareja blindada. El marido de Asunta entonces solicita un perro, pero no un perro común y silvestre sino un perro lazarillo, un perro adiestrado para conducir no videntes.
Asunta está ajena al mundo animal. Piensa que un perro lazarillo es de una raza determinada, como los perros labradores o los perros ovejeros. Y no lo compra sin antes preguntarle a su esposo: "¿Quién habrá de cuidarlo, quién lo sacará a pasear, quién limpiará todo lo que ensucie?". "Él me sacará a pasear", fue la contestación de José. Y ella no entendió el sentido de la respuesta. Como, al parecer, no entendía un montón de otras cosas.
"Me preguntaba —cuentan que decía doña Asunta— por qué mi marido usaba lentes negros durante la noche, cuando no hay sol ni tanta luz desde los focos de cuarzo de la avenida." Y él tampoco le explicaba nada, le decía que era moda, que esos lentes se los había regalado su padre, que se sentía desnudo sin ellos. Adviertan ustedes la situación. Cómo se va notando que, paso a paso, se debía hacer más evidente ante los ojos de Asunta la condición lamentable de su marido, pero ella se negaba a verla. ¡Ella, que sí podía ver!
Al parecer, en los últimos tiempos, José comenzó a animarse a salir a la calle conducido por su perro. Ya la simbiosis de la cual les hablaba se iba tornando más y más aguda. Mientras José se vestía casi íntegramente de mujer, Asunta dejaba crecer su bigote enormemente, lucía pantalones e incluso cubría el pelo corto de su cabeza con un sombrero de fieltro de su marido, el clásico funyi. Y poco ayudaba a José usar tacones altos, que elegía, uno supone, aturdido por su falta de visión. Se torcía los tobillos, cayendo con facilidad de bruces sobre el animal, que más de una vez lo mordió, ya que era un perro cualquiera, sin adiestramiento alguno. La señora Asunta luego reconoció que no había conseguido uno de esos lazarillos en el negocio del barrio que vendía mascotas y le compró un dálmata ya crecido, segura de que su marido no iba a protestar porque casi siempre se conformaba con todo lo que ella le compraba. Oigan lo que dice Asunta en esta parte del reportaje: "Una vez le compré a mi José una bufanda verde cuando él me había pedido una gris. Pero la aceptó tranquilamente y sin protestar. Él es así. Se adapta a todo".
En muchas ocasiones José volvió a su casa golpeado y tumefacto, ya que el dálmata lo hacía caer y lo arrastraba por la vereda varias cuadras. Pero ese hombre siempre se negó a que lo ayudaran a levantarse porque era muy orgulloso. De un orgullo casi lindante con la tontería, según un vecino. "No aceptaba ni que le prestaran una taza de azúcar -declara este mismo vecino—. Prefería tomar el café amargo antes que pedirnos azúcar a nosotros."
Podrán apreciar ustedes que Asunta y José nunca quisieron, pudieron o se atrevieron a hablar de sus problemas más íntimos, a preguntarse cuáles eran sus temores, sus limitaciones, sus problemas. "Éramos la clásica pareja de otros tiempos —contó doña Asunta a un programa de televisión por cable-, concertada por nuestros padres. A mí me habían dicho que mi José era un buen partido, y a él le habían dicho que yo era una chica atractiva."
¿Y cómo termina esta historia, mis amigas, que nos deja tantas enseñanzas y sobre la cual cada una de ustedes, cada uno de ustedes, reflexionará largamente en sus casas? Asunta descubre la ceguera de su marido. ¿Y cómo la descubre? Muy simple... Un día le pide que le alcance el salero y él le alcanza un sifón de soda. Un gesto simple, chiquito, doméstico, pero que, al parecer, rebalsa el vaso. Tal vez por la presión misma del sifón. "José, vos sos ciego", le dice Asunta. Y José no puede menos que aceptar esa realidad tan dura.
Amigas, amigos, atrevámonos a mirar de frente nuestra realidad, observemos un poco más detenidamente a la persona que tenemos más cerca. Usted, señora, usted, señor, gire su cabeza y contemple al semejante que está sentado en la butaca, a su lado, estudie esos rasgos, esa mirada y aprenderá a comprender un poco mejor las cosas de la vida. Aunque cueste, aunque duela, aunque espante. Es sólo una aventura en busca de la verdad.
La dura verdad que encontró un día la señora Asunta, a quien su marido abandonó tres días después del descubrimiento de su ceguera. Leamos las palabras de la desolada señora ante el abandono, tanto de su marido como del perro dálmata, al pie de la foto donde se la ve fumando, con el pelo cortito, el bigote ya cano y luciendo una corbata a lunares grandes.
"Mi José es muy orgulloso -dice ella- y no podía soportar la idea de que yo permaneciera al lado de él sólo por lástima, por piedad, o por darme pena. Todavía me parece verlo, yéndose de casa, con la capelina que era de mi tía Fina y ese trajecito sastre que a mí me quedaba muy bien y que, ya al final, él usaba tanto que ni me importaba que se lo llevara."

  © Las 12 a Bragado

Haroldo Conti



Las 12 a Bragado
(A mi tío Agustín, por si algún día para de andar y alcanza a leerlo)

en la voz de: Alejandro Apo



Bien, ahora mismo, desde este invierno que empapa el pavimento y las paredes y las ropas y el alma, si tenemos, lo que sea, esa finita tristeza que se enrosca por dentro como una madreselva y en días así, justo, asoma sus floridas puntas por las orejas y la nariz y los ojos, en días así, digo, cierro los ojos y veo ese largo camino polvoriento del verano que se extiende hasta el horizonte como un río seco bajo el sol. Es el camino de tierra entre Chacabuco y Bragado, ese mismo semejante a una áspera corteza de árbol viejo con tantos y tantos surcos, el almacén de don Luis Stéfano en una esquina de acacias hasta el año 33 y después para siempre en la memoria, y la de Iglesias a la derecha, más adelante, ya por el camino de Sastre, después esa loma que trepa brevemente hacia el cielo y después el puente sobre el río Salado, que es el mismo límite entre los dos partidos, según dicen los carteles de chapa en una y otra punta, y uno imagina que hay en el aire una línea invisible y que el aire es sutilmente distinto a cada lado de esa línea. Y ahora, es lo que veo desde este húmedo y triste invier¬no, el tío Agustín aparece saliendo de la curva, un poco antes del almacén de Iglesias, a la altura del mojón de hierro fundido que casi tapan los pas¬tos, del lado de Chacabuco todavía. Viene corriendo con sus largas pier¬nas huesudas perseguido por una nubecita de polvo y por un perro escuá¬lido que ladra a sus zapatillas de badana. La gente del almacén lo aplaude hasta que trepa a la loma y se pierde tras ella, plaf, plaf, el tío Agustín, y el viejo Iglesias le grita a sus espaldas: “¡Dale, flaco!”. Porque el tío es puro hueso, y una llama bien encendida que alumbra por debajo de su piel. Los ladridos del perro se sofocan detrás de la loma y el tío debe estar cru¬zando el puente. Hace seis horas que largó punteando desde la plaza San Martín, en Chacabuco, frente a la iglesia de San Isidro Labrador. Hoy es justamente la festividad de San Isidro, 15 de mayo, y se corre la Vuelta del Salado o La Fondo de las 12, es decir, la Carrera de Fondo de las 12 leguas a Bragado. El tío estuvo haciendo trote en la largada una hora antes de la partida. Tenía puesta una camiseta de frisa con el número 14 pintado en la espalda y unos pantaloncitos negros y las zapatillas de bada¬na y cuando el viejo Pelice disparó la bomba de estruendo el tío pegó un tremendo salto y un grito y salió a los trancos, plaf, plaf, plaf, perseguido en la mañana neblinosa por una hilera de hombres semidesnudos, entre ellos el loco Garbarino que no pasaba del cementerio y se cansaba tanto de agitar los brazos y saludar hasta a los perros, dio una vuelta a la plaza y cuando comenzaba a encendérsele aquella blanca llama enfiló por la Ave¬nida Alsina, pasó punteando frente al bar Japonés y rumbeó serenamente hacia las quintas. El tío corre con la huesuda cabeza echada hacia atrás como un pájaro y a medida que entra en combustión sus trancos son más largos y más altos. La gente resbala como una mancha oscura por el cos¬tado de sus ojos y, después del hospital municipal, se corta, se disuelve y cuando no hay más gente y sólo queda por delante el camino pelado, el campo húmedo y la mañana olorosa, la llama le brota por los ojos y corre todavía más fuerte, más liviano. Los pasos de badana resuenan suave¬mente cuando golpean sobre las tablas del puente y cuando el tío se embala por la pendiente de la loma, al otro lado, ya en el partido de Bra¬gado, la llama le brota a chorros a través de la piel, los ojos se le borran con tanto brillo y corre, corre locamente bebiendo el aire perfumado de la mañana, los campos verdes inundados de esa blanda luz de mayo, loco caballo desbocado, loco. En tres horas más, a ese paso, puede estar en Bragado, por lo menos en la laguna, pero un poco antes de Warnes, cuando ya asoman los palos del alumbrado entre los altos y oscuros árbo¬les de la entrada, esto es antes de las vías del ferrocarril Sarmiento, tuerce el tío hacia la izquierda y se lanza sin cambiar la marcha por el estrecho camino que bordea el monte de eucaliptos del campo de Cirigliano cuyos negros árboles saltan desde hace un rato en el hueco encendido de sus ojos. El tío es ahora el tibio camino de tierra cruzado por frescas sombras que atraviesan sus largas piernas. Corre y corre saltando las sombras húmedas, blandos terrones de tierra, solo y alado, sobre este recuerdo, sobre puntos y líneas, sobre el raído invierno de mi tristeza, sobre años y tiempos, siempre volante, eterno, perenne corredor de las 12 a Bragado, el bravo tío Agustín empujando su intensa llama por aquel solitario camino recruzado por espantados cuises y liebres y pájaros que arrancan veloces un poco antes de sus pasos. Salta un alambrado y sigue la carrera a campo traviesa, llama y llama, fuego y fuego. Sólo una vez llegó hasta el Bragado porque el taño Cersosimo, esto es, el Gringo del Pito como se lo conocía por aquellos años, lo siguió con un sulky y cuando se quería desviar le cerraba el paso y lo golpeaba con el látigo y llegó con dos leguas de ventaja sobre el Chino Motta, nada menos, pero cuando la gente lo aclamaba ya y el intendente se paró en el palco con un banderín en la mano no lo pudie¬ron atajar porque saltó sobre la meta con un grito profundo y siguió de carrera hacia 25 de Mayo, muy campeón, el grandes piernas de acero de mi tío, el formidable tío Agustín. Eso fue en el 32, que batió todos los récords, aunque a él no le importaba eso sino tan sólo correr y correr.
Pero las otras veces torció a derecha o izquierda antes del Bragado, aturdido por el campo, y algunos lo vieron y avisaron que el tío iba a los saltos entre las doradas espigas o las oscuras hebras de pasto o las chalas que brillaban como vidrios y azotaban sus duras piernas, espantando lie¬bres y pájaros y cuises, y un día o dos después lo hallaron dormido deba¬jo del álamo carolina, ése que se levanta solitario detrás del campo de Cirigliano y que desde el camino real parece todo un monte y que para el tío era su única meta reconocida y hasta ella corrió por premio o por mero gusto, acompañado o solo, el día de San Isidro Labrador o un día cualquiera mientras le duró, por muchos años, aquel berretín de caballo desbocado.
Yo era pibe entonces y veía al tío, joven, como desde una enorme distancia, a través de nieblas y velos, porque yo estaba por ser, no tenía sombra ni casi historia, era tan sólo presente, pequeño, mero estar y ver y sentir a la sombra de los grandes, mi abuelo, ciego por terquedad que un día prometió rezar un millón de padrenuestros porque dijo que se le había aparecido Jesús, carpintero como él, mi padre, que entonces corre¬teaba para el frigorífico La Blanca montado en un fragoroso Ford A o la tía Juana, por siempre joven, que tenía un cuarto para ella sola y una cama muy alta que olía a jazmín y una escupidera de loza que parecía una sopera y un novio que venía todas las tardes a las cinco y se marchaba apenas caían la sombras en el patio de baldosas con la parra de uva chin¬che y la bomba pie de molino y por supuesto el tío, tío Agustín, ese ansioso caballo del verano. A veces cuando pateo la calle cierro los ojos, y aun sin cerrarlos lo veo pasar entre la gente, al trote con su pantaloncito negro y la camisa de frisa y el número 14 en la espalda, que siempre me falló en la quiniela, lo veo, por ejemplo, trotar a las zancadas por el medio de Corrientes o trasponer de un salto Alem, en dirección al puerto. Yo me suspendo y pienso, casi grito, ¡Ahí va mi tío, hijos de puta! ¡Miren qué lindo loco! Pasa como entonces con la terca y dura mirada clavada en el horizonte, con las narices anchas de viento, cavando el aire con sus lar¬gas, muy largas piernas.
Después crecí, eché sombra como un árbol y hasta yo mismo parti¬cipé en La Fondo de las 12 a Bragado, pero no pasé del cementerio. Cuando doblé por el hospital y vi a lo lejos los altos humos de los hornos de ladrillo, algo que, supongo, tras tornaba al tío, el cual quería darle alcance a cuanto se ponía al fondo del camino, las sienes me empezaron a temblar y me dolían las encías como si fuese a echar un puñado de dien¬tes. Al llegar al cementerio rodé con un grito entre polvo, sudores y pier¬nas que pasaron zumbando al lado de mi cabeza.
El tío, por ese entonces, trabajaba en la carpintería del abuelo, sobre el pasaje Intendente Beltrán, frente a la plaza General Necochea o la Plaza del Mercado donde está hoy la estación de colectivos. Ahora cie¬rro los ojos y me veo en la penumbra del taller con paredes de ladrillos a la vista y un espeso olor a polvo, sillas y elásticos que cuelgan de las vigas y al fondo la mesa de carpintero en la que trabaja el tío. A veces no recuerdo al tío sino que mi pensamiento se sujeta de un objeto cualquie¬ra y ese objeto cubre casi todo mi día. Hoy, por ejemplo, mientras cruza¬ba hasta el bar Falucho aguantando el viento que barría la Avenida Santa Fe, me acordé de buenas a primera de aquella sierra de ingletes o de falsa escuadra que había en una punta de la mesa. El día crece lentamente alre¬dedor de ese objeto, lo rodea como la pulpa de un fruto y el día en todo caso vale nada más que por eso. Aquella sierra que había sido construida en Inglaterra en 1895, que en consecuencia había atravesado el mar embalada cuidadosamente en un cajón de pinotea, me atraía misteriosa¬mente. Era una sierra montada sobre un bastidor, con una empuñadura negra como la de una ametralladora y servía para cortar marcos, escua¬dras, ángulos, encastres y demás cortes de precisión. La veo ahora mismo en el aire, negra y pulida y, por fuerza, al rato veo en la punta de la empu¬ñadura al tío Agustín. Él se movía silenciosamente de un lado a otro del taller aporreando maderas, reparando vencidos elásticos de cama o reem¬plazándolos por otros nuevos que estiraba para encajarlos en el armazón en una prensa, especie de potro que giraba con bruscos chirridos metáli¬cos. El tío era de una silenciosa precisión en todo. Yo me maravillaba de que hombre tan silencioso y preciso en sus movimientos produjese a ratos tanto ruido de una vez. Por ejemplo cuando se calzaba un pañuelo negro delante de su aguda nariz y echaba a andar aquella cardadora mecánica que era el supremo orgullo de la mueblería y carpintería El Mercurio. El tío metía la lana apelmazada por un lado y ya mismo salía por el otro en blandos copos que caían lentamente dentro de un corralito de alambre de gallinero. La máquina rechinaba en la punta de las manos del tío. Por aquel tiempo había dejado de correr hasta el álamo carolina, pero después del trabajo emprendía largas caminatas hasta el zanjón o el cementerio o el Prado Español o la quinta de Pastore, o la estación del Pacífico, donde esperaba ver pasar al “Cuyano” que hendía la noche como un carbón encendido aventando sombreros y papeles. Los años lo habían enflaquecido aún más y un día que lo sorprendí inclinado sobre la fabulosa sierra de ingletes le vi brillar las blancas sienes y el emplumado mechón de pelos encanecidos que le caía sobre la frente. Y esa vez sentí verdadero amor por el tío, aquel ansioso caballo del verano que ahora descendía a la carrera la larga cuesta de sus días. Yo, en cambio, trepaba los míos. Esos días me llevaron lejos del pueblo y cuando volví, algún verano después, y entré en el taller penumbroso, el tío levantó la cara por encima de la sierra y me observó con una mansa sonrisa por arriba del armazón de metal de unos lentes. La luz de la tarde penetraba por una claraboya y el tío flotaba, blando y casi transparente, en aquella luz pol¬vorienta. Me preguntó qué tal estaba la ruta 7. Por lo que recuerdo, fue la primera vez que habló conmigo demostrando cierto interés sobre algo concreto. Señal de que yo había crecido realmente y ahora era un hom¬bre, al menos para él, que era la medida de mi tiempo. Siempre pregunta¬ba sobre caminos. La ruta 7 terminaba de ser reparada entre San Andrés de Giles y Carmen de Areco. Eso lo alegró al tío. Ese mismo año había ido a pie hasta Luján portando el estandarte de la Congregación de San Luis Gonzaga. Me explicó que era cuestión de echarse a andar y no cam¬biar el paso, vendarse los pies y calzar botines bien armados. Volvió con el Expreso Rojas y recién entonces notó que la ruta estaba levantada en algunos tramos. Fue toda una conversación. Por él me enteré de que el camino entre Chacabuco y Bragado seguía siendo de tierra, pero que ahora le habían puesto la electrificación rural y era probable que en un par de años le echaran encima el cemento. Ya no va a ser lo mismo, dijo el tío con tristeza.
Seguía haciendo sus largas caminatas, pero ahora se extraviaba cada dos por tres. Una vez lo trajo un vigilante que lo encontró perdido por el Agua Corriente, y otra el viejo Punta que lo cruzó en el camino a Salto, por el almacén de Cattaneo, y él le preguntó dónde quedaba el Tiro Federal y el viejo entendió el Estadio Municipal y como de todas mane¬ras ambos quedaban para el otro lado, lo subió a la jardinera y lo trajo hasta la mueblería.
Un día el tío, esto lo supe dos veranos después, ya hombre entero y él más viejo y más flaco, y el camino a Bragado todavía sin asfaltar, fue hasta la farmacia de Marino, al otro lado de la plaza, pero cuando llegó a la Avenida Alsina, que fue asfaltada en el 32, bajo la intendencia de don Esteban Cernuda, la encontró de tierra, como cuando era chico y des¬pués mozo y corría ya en la Vuelta del Salado. Los charrés y los sulkys iban y venían por la avenida de tierra y algunos jinetes trotaban entre espumosas nubes de tierra. El tío, flaco y encorvado, vio con algo de sor¬presa cómo avanzaba por el medio de la calle un lando descapotado como los de la cochería Grossi Hermanos con la señorita Lombardi en su interior. El coche se detuvo justo en frente del tío y la señorita Lombardi asomó su cabeza cubierta con una capelina de raso y apuntándole con su sombrilla de seda estampada le preguntó por la abuela Adela que había muerto, si mal no recordaba, seis años atrás. Él se quitó el sombrero, son¬rió complacido a la tan señorita y se inclinó hasta que la sombra del carruaje desapareció de su vista. Naturalmente, no cruzó la avenida ni fue hasta la farmacia de Marino porque en aquel tiempo la farmacia no exis¬tía todavía. Volvió al taller y el resto del día, hasta que vino la luz de la tarde, se sentó en un rincón, detrás de la mesa de carpintero, entre cajas de herramientas y rollos de elásticos y tablones de pino que olían a resina y pensó en la muy dulce señorita Lombardi que para él, el tiempo le daba la razón, no iba a envejecer nunca. Quizá dentro de unos pocos días, pensó, si se entrenaba un poco, podía volver a correr en La Fondo de las 12 a Bragado. Ya no quedaban campeones y en el tiempo que tardaba ahora cualquier buen fondista de la zona él podía llegar a Bragado saltan¬do sobre un pie. Cuando entró aquel melancólico rayo de luz por la alta claraboya, el tío echó a andar hasta el Prado Español.
Días después, al cruzar la plaza, le dio un salto el corazón. Debajo de la pérgola que había sido echada abajo en tiempos de Fresco vio y hasta escuchó a la banda del maestro Marsiletti. La banda tocaba aquel número de fuerza que le hacía temblar las piernas al tío, “Tremi gli insani del mio furore”, Nabucco, Acto I, y que el maestro Marsiletti tarareaba y por momentos aullaba tratando de imitar a Titta Ruffo. No sólo estaba aque¬lla pérgola, que semejaba una jaula florida, sino que hacia el lado del Pala¬cio Municipal vio brillar entre los oscuros árboles al lago artificial que mandó rellenar el intendente Barcán y en el que el loco Garbarino se zam¬bulló un 25 de mayo. La banda, con el maestro Marsiletti que blandía la batuta y un Avanti que sacudía en la boca al compás de la música, parecía flotar en el aire de la pérgola debajo de una luz amarilla como la que pene¬traba por la claraboya del taller. Después de Nabucco, tocaron Alegría de la hoguera, una polca-mazurca de Strauss con la cual el maestro Marsiletti parecía remontar un vuelo y la plaza comenzó a poblarse de muchachas y muchachos que en dos hileras giraban por el centro, alrededor de la esta¬tua de San Martín, que de golpe había reemplazado a la pérgola y que en aquel tiempo era pedestre, no ecuestre, según se acostumbra, por razones de economía, pues la partida que votó el Concejo Deliberante no alcanzó para el caballo, lo cual terminó por convertirse en una curiosidad y hasta en una atracción hasta que en tiempo del gobernador Aloe, que era de Chacabuco, le pusieron el caballo y es así como cabalga ahora en el alto cielo de mi pueblo entre las espléndidas copas de los árboles, en dirección a la confitería San Martín, hacia la que apunta un dedo.
En eso el tío vio pasar al Cholo Barrios que, según tenía entendido, porque estuvo en el velatorio, se voló la cabeza mientras probaba una escopeta de un caño, calibre 20, vio al Cholo con sus bigotes renegridos, rancho, polainas blancas y un bastoncito con el pomo de plata que lo saludó con el brazo en alto, muy en su contexto, lustroso caballero el Cholo, gran amigo de violentas farras y fuerte apostador en las cuadreras y reñideros, propietario de un gallo “Ají Seco”, apodado Racoto, de ori¬gen peruano, que batió a todos los gallos de combate del 36 al 45.
Otra vez el tío iba para el Círculo Obrero donde estaba cambiando el esterillado de las sillas y no pudo seguir de la Avenida Alsina, pues se tropezó con la procesión de Nuestra Señora del Carmen, con el padre Doglia debajo del palio y los taños Minervino y Visiconti tocando la gaita a la cabeza, todos muy de solemnes sobre la calle de tierra mientras las campanas de la iglesia batían a fiesta bien pulsadas por el viejo Santia¬go, gordas palomas de bronce por el aire limpio de la mañana.
El último verano que estuve en el pueblo, éste que pasó, fui hasta la vieja casa del abuelo y, como siempre, después de los saludos y los mates penetré en el empolvado taller del fondo. Tardé un rato en acostumbrar¬me a la penumbra, cegado como entré por el sol del patio, y en aquella momentánea ceguera sentí el tibio olor a maderas y a cola de carpintero y oí el escamoso crujir de las chapas del techo recalentadas por el sol. Cuando mis ojos se fueron acostumbrando a aquel velado y quieto paisa¬je de objetos sepultados por el polvo descubrí cada cosa en su exacto lugar, como si el tiempo no se hubiese movido y yo tornara de golpe a mi infancia. Allí estaba la tremenda carda dora a motor, la carcomida mesa de carpintero y sobre ella, en un extremo, mi querida sierra de ingletes que apuntaba hacia la puerta. En la prensa había un elástico a medio ten¬der. Aquella suave pero insistente permanencia de las cosas, luego de tan¬tos años y tantos cambios y tanto y tanto, recuperó por un momento ese firme presente de mi infancia, sin sombras ni pesos, errante edad de mi pueblo. De repente sentí un leve raspón junto al tablero de las herra¬mientas y achicando los ojos vi emerger por detrás de la mesa la blanca cabeza del tío que estaba sentado en un banquito. Parecía un viejo pájaro, uno de esos viejos cóndores que con las raídas alas abiertas toman el sol en la jaula del Zoológico. El tío se caló los anteojos que extrajo lentamen¬te de su estuche a presión y me observó en silencio con sus ojos legaño¬sos, como de vidrio mellado. “¿De quién sos?”, preguntó al cabo de un rato con una voz finita. Quería decir de quién era hijo yo, que es lo que se pregunta o como se pregunta a un muchacho cualquiera en los pueblos. Yo dije “El hijo de Pedro Isidro”. Él cabeceó y repitió para sí, sin recono¬cerme, posible mente sin reconocer siquiera aquel nombre: “Pedro Isi¬dro…”. Pedro Isidro es mi padre, su hermano. Se levantó y caminó hasta mí, encorvado. Me echó una afilada mano encima del hombro y pregun¬tó esta vez: “¿De dónde venís, muchacho…?”. No preguntó qué tal esta¬ba la ruta 7, ni tampoco supe si por fin habían asfaltado el fabuloso cami¬no a Bragado.
Luego supe por la tía Teresa que en esos días se había encontrado en la esquina de la tienda Ciudad de Messina con Pepe Provenzano, que pateaba como siempre la calle vendiendo billetes de lotería y con Pancho Tonelli, ambos bien finados, lo mismo que la tienda, que cerró allá por el 58. Después, cuando trató de volver a la casa no dio con la calle y aunque pasó por enfrente de la puerta, al recorrer el pueblo por tercera vez, no acertó a reconocerla. Por suerte se tropezó en la esquina del Almacén Inglés con el gordo De Nigris, otro muertito, que lo condujo, siempre tan gentil caballero, hasta aquella salteada puerta y se lo devolvió a la tía cuando ya oscurecía.
Para Reyes vino la hija desde Buenos Aires y el tío se calzó los ante¬ojos y le preguntó de quién era. A partir de ahí empezó a equivocar las puertas y los cuartos y a veces charlaba en los rincones del patio con per¬sonajes invisibles. No mucho después, como lo pronosticó la madre Benedicta, ni siquiera reconoció a la tía a la que confundió una vez con Martita Romero, su primer filo, y otra con Filomena Perrone, que fue reina del carnaval del Club Porteño, en el año 38.
Acabo de volver del pueblo y por eso pienso tan fuerte en el tío en esta podrida noche de invierno mientras bebo un semillón en el bar Falu¬cho, en Fitz Roy y Luis María Campos. Cuando fui a ver al tío lo encon¬tré acostado en el medio de esa buena cama inglesa con cabezales de bronce y remaches de cobre y elástico de flejes que perteneció a la familia Mediavilla y compró en un remate de Warnes. Tenía puesto un camisón de frisa y un gorrito de lana y de tan flaquito y huesudo se perdía sobre la pila de almohadas. Hace meses que no sale de ahí. Fuera de los límites de esa cama no reconoce nada en el mundo.
A eso se ha reducido el suyo, a aquella buena cama inglesa de bron¬ce bien lustrado. Sin embargo, no lo pasa tan mal. Siempre tiene algún muertito con el que charlar y por detrás de las barras de bronce ve cosas de hermosa extravagancia, como el corso del año 23 o el Circo Sarrasani, e inclusive el día en que el loco Garbarino ganó de tarro La Fondo de las 12 a Bragado.