Estación Quilmes

  César Vallejo

15 de mayo de 2012













XIV


¡Cuídate, España, de tu propia España!
¡Cuídate de la hoz sin el martillo,
Cuídate del martillo sin la hoz!
¡Cuídate de la víctima a pesar suyo,
del verdugo a pesar suyo
y del indiferente a pesar suyo!
¡Cuídate del que, antes de que cante el gallo,
negárate tres veces,
Y del que te negó, después, tres veces!
¡Cuídate de las calaveras sin las tibias,
Y de las tibias sin las calaveras!
¡Cuídate de los nuevos poderosos!
¡Cuídate del que come tus cadáveres,
Del que devora muertos a tus vivos!
¡Cuídate del leal ciento por ciento!
¡Cuídate del cielo más acá del aire
Y cuídate del aire más allá del cielo!
¡Cuídate de los que te aman!
¡Cuídate de tus héroes!
¡Cuídate de tus muertos!
¡Cuídate de la República!
¡Cuídate del futuro!...



César Vallejo
Perú (1892 – 1938)


De: España, aparta de mí este cáliz
Ed. Losada – Página 12 - 2006

  Hernán Vargascarreño

12 de mayo de 2012













Trenes  
                                                  Para El Guardagujas, de Juan José Arreola



1

Una estación que ve llegar
trenes rojos
trayendo como único pasajero
la noche;
un día el sueño se cumple:
llega el tren rojo,
se baja la noche,
y se instala para siempre
en la estación del olvido.


2

Los trenes que siempre han pasado
silenciosos, vacíos,
y en su última ventanilla
un niño muerto
dibujándome un adiós
con su mano triste.


3

O el tren perdido,
el que nunca regresó
y tampoco llegó a su destino;
dicen que ahora es un fantasma;
a veces aparecen sus huellas
en los sembrados.


4

Los trenes deseados,
los que nunca humearán;
alguna vez nos despertará
su estrepitosa presencia
ante el asombro de la Muerte.


5

El tren transparente,
repleto de hermosa gente transparente;
ahora pasa cada nueve lunas
ante el estupor de los aldeanos,
pero nadie lo comenta
por temor a que los crean locos.


6

El guardagujas perverso;
el que enredó los hilos metálicos
e instauró el Caos.


7

El maquinista de sueños
que añora su oficio
en la última estación.
Cómo anhela que los rieles
vayan más allá de su memoria.


8

El vendedor de boletos
que una tarde
vino a comprarse a sí mismo
un boleto sin regreso.


9

El tren de los dioses.
Pasa solo una vez.
Alguien se baja, gira la aguja,
borra la memoria de los hombres
y todo vuelve a empezar de la Nada.


10

El pregonero de rutas
que jamás ha subido a un tren.


11

El tren que sueña con ser tren;
cada vagón una pesadilla
y su único pasajero yo mismo;
una vez se bajó y vino
a tomar el café conmigo;
desde entonces compartimos
la misma tumba.


12

El tren de los cuerdos.
El que sí pasa puntual todos los días;
el que regresa con mercancías
y pasajeros nuevos;
hoy ha llegado con un cargamento
de ataúdes importados, veinte
prostitutas vestidas de monjas
y cien cerdos blancos y hermosos;
ese tren nunca lo espero,
sin embargo, es el único maldito
que me humilla con su presencia.




Hernán Vargascarreño
Colombia – 1960

Poeta, traductor y editor. Docente de literatura egresado de la Universidad Industrial de Santander. Creó y dirigió en Santa Marta el programa nacional Poesía Mar Abierto (1991-2008). Dirige la revista de poesía Exilio. Actualmente se desempeña como docente en el distrito de Bogotá y como tallerista en la Casa de Poesía Silva.
Libros publicados: Plural (1993), País íntimo (2003, 2006 y 2007)) y sus traducciones al Castellano Almenas del tiempo, de Edgar Lee Masters (2003) y ¿Quién mora en estas oscuridades?, edición bilingüe de Emily Dickinson  (2007).
Entre otras, ha recibido las siguientes distinciones: Becado por el Ministerio de Cultura en la modalidad de creación literaria (1999); Premio Nacional de Poesía Antonio Llanos (Cali, 2000); segundo finalista en el Premio Nacional de Poesía Ciudad de Bogotá IDCT (2002); Premio Nacional de poesía sin banderas de la Casa Silva (2003).


Extraído de: www.festivaldepoesiademedellin.org

  María Meleck Vivanco

9 de mayo de 2012
















Si las caricias nos destruyen, los demonios sonríen
Elijo suburbios para el amor, haciendo malabares
con naipes de la tierra Respirando Desbordando en
un ciclón de olvidos
Soy viajera deseosa de naufragios Del giro
arrebatado de los dioses urgentes La más justa La
más profundamente aprisa La de vigilias y
ojeras de agua lluvia
Cubre tu corazón y entra en mi casa Conviérteme en
mendiga de pulso acelerado En reina silenciosa de
trineos del mundo, con portales de ajenjo
bohemio y equipajes Al sur empecinado de vientos,
te lo juro, soy la cría de junio de las flagelaciones,
que una gaviota agita en el incendio Elijo cobijarme
en tu sol tempestuoso Y trasponer las fábulas
Y trasponer la muerte
Sólo en tus ojos, intercambio mi espejo




María Meleck Vivanco
Argentina  (1921 – 2010)

De: “Antología Poética”
Fondo Nacional de las Artes – 2009


Nació en el Valle de San Javier, Córdoba, en 1921.
Publicó: “Taitacha Temblores”, (1956, poemas quechuas, Lima Perú); “Hemisferio de la Rosa” (1973); “Rostros que nadie toca” (1978); “Los Infiernos Solares” (1988); “Balanza de Ceremonias” (1992); “Canciones para Ruanda” (1998).
Su obra ha sido reconocida con las siguientes distinciones: Premio Libro de Oro, Lima, Perú (1956);  Segundo premio de poesía de la Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, (1978); Premio Fundación Argentina para la Poesía (1988); Premio de  poesía del Fondo Nacional de Las Artes (1991); Premio UNICEF, Nueva York, EE.UU. (1997); Premio Universidad de las Letras, La Habana, Cuba (1997); Premio Fundación Sociedad de Los Poetas Vivos (1998).
Falleció en 2010.


Foto extraída de: latrampera.blogspot.com.ar




  Gonzalo Rojas

6 de mayo de 2012















Materia de testamento


A mi padre, como corresponde, de Coquimbo a Lebu, todo el mar,
a mi madre la rotación de la Tierra,
al asma de Abraham Pizarro aunque no se me entienda un tren de humo,
a don Héctor el apellido May que le robaron,
a Débora su mujer el tercero día de las rosas,
a mis 5 hermanas la resurrección de las estrellas,
a Vallejo que no llega, la mesa puesta con un solo servicio,
a mi hermano Jacinto, el mejor de los conciertos,
al Torreón del Renegado donde no estoy nunca, Dios,
a mi infancia, ese potro colorado,
a la adolescencia, el abismo,
a Juan Rojas, un pez pescado en el remolino con su paciencia de santo,
a las mariposas los alerzales del sur,
a Hilda, l'amour fou, y ella está ahí durmiendo,
a Rodrigo Tomás mi primogénito el número áureo del coraje y el alumbramiento,
a Concepción un espejo roto,
a Gonzalo hijo el salto alto de la Poesía por encima de mi cabeza,
a Catalina y Valentina las bodas con hermosura y espero que me inviten,

a Valparaíso esa lágrima,
a mi Alonso de 12 años el nuevo automóvil siglo XXI listo para el vuelo,
a Santiago de Chile con sus 5 millones la mitología que le falta,
al año 73 la mierda,
al que calla y por lo visto otorga el Premio Nacional,
al exilio un par de zapatos sucios y un traje baleado,
a la nieve manchada con nuestra sangre otro Nüremberg,
a los desaparecidos la grandeza de haber sido hombres en el suplicio y haber muerto cantando,
al Lago Choshuenco la copa púrpura de sus aguas,
a las 300 a la vez, el riesgo,
a las adivinas, su esbeltez
a la calle 42 de New York City el paraíso,
a Wall Street un dólar cincuenta,
a la torrencialidad de estos días, nada,
a los vecinos con ese perro que no me deja dormir, ninguna cosa,
a los 200 mineros de El Orito a quienes enseñé a leer en el silabario de Heráclito, el encantamiento,
a Apollinaire la llave del infinito que le dejó Huidobro,
al surrealismo, él mismo,
a Buñuel el papel de rey que se sabía de memoria,
a la enumeración caótica el hastío,
a la Muerte un crucifijo grande de latón.



Gonzalo Rojas
Chile  (1917 – 2011)

Imagen extraída de: www.elpajaroverde.cl

  Mario Benedetti

3 de mayo de 2012




Chau número tres



Te dejo con tu vida
tu trabajo
tu gente
con tus puestas de sol
y tus amaneceres.

Sembrando tu confianza
te dejo junto al mundo
derrotando imposibles
segura sin seguro.

Te dejo frente al mar
descifrándote a solas
sin mi pregunta a ciegas
sin mi respuesta rota.

Te dejo con mis dudas
pobres y malheridas
sin mis inmadureces
sin mi veteranía.

Pero tampoco creas
a pie puntillas todo
no creas nunca creas
este falso abandono.

Estaré donde menos
lo esperes
por ejemplo
en un árbol añoso
de oscuros cabeceos.

Estaré en un lejano
horizonte sin horas
en la huella del tacto
en tu sombra y mi sombra.

Estaré repartido
en cuatro o cinco pibes
de esos que vos mirás
y enseguida te siguen.

Y ojalá pueda estar
de tu sueño en la red
esperando tus ojos
y mirándote.



Mario Benedetti
Nació en Paso de los Toros, 1920, murió en Montevideo, 2009 (Uruguay)

  María Teresa Andruetto

30 de abril de 2012






















Polaroid



Los pueblos primitivos
temen que las fotos los despojen
de su identidad. También yo tengo
un vago temor a la cámara.
                      No tanto a la kodak
que tarda en revelarme, más a la
polaroid que despide tu imagen
de mí en segundos.




Patti and me


Tuve escarlatina, escalofríos,
estremecimientos y estrabismo.
Soy dark, soy heavy, soy freak,
soy punk. Soy testigo
de Jehová.



María Teresa Andruetto
Argentina – 1954








De: “Sueño americano”
Ed. Caballo negro – 2009

  Miguel Hernández

27 de abril de 2012






ACEITUNEROS


Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién,
quién levantó los olivos?
No los levantó la nada,
ni el dinero, ni el señor,
sino la tierra callada,
el trabajo y el sudor.
Unidos al agua pura
y a los planetas unidos,
los tres dieron la hermosura
de los troncos retorcidos.
Levántate, olivo cano,
dijeron al pie del viento.
Y el olivo alzó una mano
poderosa de cimiento.
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
decidme en el alma: ¿quién
amamantó los olivos?
Vuestra sangre, vuestra vida,
no la del explotador
que se enriqueció en la herida
generosa del sudor.
No la del terrateniente
que os sepultó en la pobreza,
que os pisoteó la frente,
que os redujo la cabeza.
Árboles que vuestro afán
consagró al centro del día
eran principio de un pan
que sólo el otro comía.
¡Cuántos siglos de aceituna,
los pies y las manos presos,
sol a sol y luna a luna,
pesan sobre vuestros huesos!
Andaluces de Jaén,
aceituneros altivos,
pregunta mi alma: ¿de quién,
de quién son estos olivos?
Jaén, levántate brava
sobre tus piedras lunares,
no vayas a ser esclava
con todos tus olivares.
Dentro de la claridad
del aceite y sus aromas,
indican tu libertad
la libertad de tus lomas.




Miguel Hernández
España (1910 – 1942)

Obra: Miguel Tanco (España)


Voz: Paco Ibáñez