Estación Quilmes

  Fernando Barrientos

17 de marzo de 2012



Caminito


Caminito en el desierto
nada nos ciega ni el sol
ruta de los fugitivos
los que caminan sin dios

Si te vas camino escondido
de la eternidad
Si te vas camino perdido
te vine a buscar

La estación esta vacía
y el cielo se parte en dos
Los ojitos de la fiebre
quemando velas al sol

Si te vas camino escondido
de la eternidad
Si te vas camino perdido
te vine a buscar


Fernando Barrientos 






(Mendoza-Argentina). Es compositor e intérprete, ligado al pop, al rock y al folclore. Logró reconocimiento nacional e internacional al componer los temas originales de la película "Tango Feroz". En 1993, obtuvo el premio ACE a la mejor canción por "El amor es más fuerte" y editó el primer disco con el dúo Caín Caín, junto a Daniel Martín.


Intérpretes:
Luna Monti y Juan Quintero
(“10 AÑOS” grabado en vivo en Café Vinilo).


Material aportado por: Daniel González Gossner 

  César Cantoni

12 de marzo de 2012













25.04.06



Tengo una amiga budista que cree en la reencarnación.
A mí me enseñaron que los muertos van al cielo.
Mi perro, que es mucho más realista,
sólo espera que llegue la hora de comer.


(Tengo una amiga budista)












13.01.06


Desnudas, a la orilla del río
-la radio a todo volumen,
la ropa apilada al descuido sobre la arena-,
mientras untan su cuerpo con cremas bronceadoras,
las chicas, esta tarde, no dejan lugar
para el escepticismo.


(Desnudas, a la orilla del río)




César Cantoni
De "Diario de paso" 2008
(1951) Nació y reside en La Plata, Pcia. de Buenos Aires.

  Federico García Lorca

11 de marzo de 2012














La casada infiel


Y que yo me la llevé al río
creyendo que era mozuela,
pero tenía marido,
Fue la noche de Santiago
y casi por compromiso.
Se apagaron los faroles
y se encendieron los grillos.
En las últimas esquinas
toqué sus pechos dormidos,
y se me abrieron de pronto
como ramos de jacintos.
El almidón de su enagua
me sonaba en el oído
como una pieza de seda
rasgada por diez cuchillos.
Sin luz de plata en sus copas
los árboles han crecido,
y un horizonte de perros
ladra muy lejos del río.
Pasadas las zarzamoras,
los juncos y los espinos,
bajo su mata de pelo
hice un hoyo sobre el limo.
Yo me quité la corbata.
Ella se quitó el vestido.
Yo, el cinturón con revolver.
Ella, sus cuatro corpiños.
Ni nardos ni caracolas
tienen el cutis tan fino,
ni los cristales con luna
relumbran con ese brillo.
Sus muslos se me escapaban
como peces sorprendidos,
la mitad llenos de lumbre,
la mitad llenos de frío.
Aquella noche corrí
el mejor de los caminos,
montado en potra de nácar
sin bridas y sin estribos.
No quiero decir, por hombre,
las cosas que ella me dijo
la luz del entendimiento
me hace ser muy comedido.
Sucia de besos y arena,
yo me la llevé del río.
Con el aire se batían
las espadas de los lirios.
Me porté como quien soy.
Como un gitano legítimo.
Le regalé un costurero
grande, de raso pajizo,
y no quise enamorarme
porque teniendo marido
me dijo que era mozuela
cuando la llevaba al río.



Federico García Lorca









España (1898 – 1936)
 
En: “Iberoamérica vive a través de su poesía”
Publicación OEI – 1999

Obra: Los amantes - Magritte

  Teresa Calderón

8 de marzo de 2012


Mujeres del mundo: uníos


Arriba mujeres del mundo
La buena niña
Y la buena para el leseo
Las hermanitas de los pobres y amiguitas de los ricos
La galla chora y la mosca muerta
La galla hueca y el medio pollo
La cabra lesa y la cabra chica metida a grande
Canchera la cabra
Y la que volvió al redil
La que se echa una canita al aire
La que cayó en cana o al litro
Y la caída del catre
Las penelopes
Matas haris y juanas de arco
La que tiene las hechas y las sospechas
La que se mete a monja
O en camisas de once varas.
La mina loca la mina rica
Pedazo de mina
La que no tenga perro que le ladre
Y la que "tenga un bacán que la acamale"
Arriba las mujeres del mundo
La comadre que saca los choros del canasto
Los pies del plato
Y las castañas con la mano del gato
Las damas de blanco azul y rojo
Las de morado
Las damas juanas y damiselas
Todas las damas y las nunca tanto
La liviana de cascos
Y la pesada de sangre
La tonta que se pasó de viva y la tonta morales
La que se hace la tonta si le conviene
La que no sabe nada de nada
Y esa que se las sabe por libro
La madre del año arriba,
Madre hay una sola
Y las que se salieron de madre
Arriba mujeres del mundo:
La cabra que canta pidiendo limosna
La que como le cantan baila
Y la que no canto ni en la parrilla
Arriba todas las que tengan
Vela en este entierro
La que pasa la lista
Y la que se pasa de lista
La aparecida y la desaparecida
La que se ríe en la fila
Y la que ríe último ríe mejor:
La natasha la eliana la pía
La paz la anamaría la lila
La angelina y la cristina
La que anda revolviendo el gallinero
La que pasa pellejerías
Y la que no arriesga el pellejo
La dejada por el tren
O por la mano de Dios.
Que se alcen las mujeres con valor
las pierdeteuna
y las que se las ha perdido todas
la percanta que se pasa para la punta
y esa que apuntan con los fusiles.



Teresa Calderón
Chile – 1955

Hija de Lila González y de Alfonso Calderón, gracias a su padre, Premio Nacional de Literatura, Teresa pudo desde pequeña familiarizarse mucho con libros y escritores.
Comenzó a escribir poesía en la universidad en un taller dirigido por su padre y Roque Esteban Scarpa, pero no será hasta 1984 que publique su primer poemario, Causas Perdidas.
Ha sido traducida a varios idiomas, particularmente al alemán, francés, inglés, italiano, portugués y sueco.
Poesía editada: “Causas perdidas”, 1984; “Género femenino”, 1989; “Imágenes rotas”, 1995; “Aplausos para la memoria”, 1999; “El poeta y otras maravillas”, 2000; “Obra poética”, 2003; “Elefant

  Rafael Rubio

5 de marzo de 2012













El arte de la elegía



Todo consiste en llegar al justo término
y después, dar a luz la voz: dejar
que se complete la muerte. Nadie va

a lamentar una metáfora imprecisa
ni un epíteto infeliz, cuando la muerte
está viva en el poema.
                                    Todo estriba
en simular que nos duele la muerte.
Sólo eso: hacer creer que nos aterra

morir o ver la muerte. Imprescindible
elegir una víctima que haga
las veces de un destinatario: el padre

o el abuelo o el que fuere, con tal
que su muerte haya sido lo bastante
ejemplarizadora como para

justificar una ira sin nombre. Impostarás
la voz hasta que se confunda con
el ciego bramido de una bestia. Así

infundirás piedad en tu lector.
Recomendable el terceto pareado si se quiere
seguir la tradición del abandono, leerás

la elegía de Hernández a Ramón Sijé
o la que en don Francisco de Quevedo, maestro
en el arte de la infamia versificada

inmortalizara a fulano de tal.
                                             Debe ser
virtuoso el uso del encabalgamiento:

echar mano a aliteraciones de grueso calibre
para reproducir la onomatopeya del desamparo
que la elegía debe -aunque no pueda- sugerir.

El uso de la rima debe ser implacable:
el primero con el tercero, consonante
con perfecta -aunque engañosa- simetría.

(El segundo con el primero del terceto
siguiente, encadenados, como están

ayuntados los bueyes de la angustia
en los vastos potreros del poema)

Importa sobre todo, la verosimilitud de
tu desgarro y no el desgarro mismo:  
el dolor puede ser de utilidad

siempre y cuando no atente contra la
rigurosidad del edificio
el templo del poema debe estar

sostenido por los números. Sólo eso
será garantía de profundidad
si se quiere atraer la compasión

de un lector habituado al verso libre.
No  importa la belleza. La verdad
será requisito indispensable

a la hora de urdir una elegía 
que merezca el prestigio de la muerte
o la inclusión gozosa y dolorosa

en el canon de la nueva poesía española.                              
Deberás entender a fin de cuentas
que el poema no es más que un ejercicio:

no va a hacer que se levanten los muertos
ni hará que tu padre retorne
del oscuro país de los dormidos

porque ya no habrá país del que volver
ni esperanza tampoco, ni poema.
 
Evitarás el troqueo, como quien
huye de si mismo.
                              El ritmo yámbico
será recomendable en estos casos
siempre cuando haya unidad de fondo y forma.

Repartirás los acentos de tal modo
de sugerir la solemnidad mas aplastante
el ritmo de una marcha funeraria
                 
o el réquiem de Mozart, por ejemplo:
tarea en extremo dificultosa
si se tiene el oído acostumbrado

al vicio del martillo o del tambor.               
El dolor es un lujo que muy pocos
pueden permitirse. Y si es así

que no sea sino un vulgar pretexto
para erigir el templo del poema: un
edificio cuyo lujo te avergüenza
ha de ocultar las ruinas sobre las que
                                     se sostiene:

palabras que desprecia el albañil.
                                                 El oficio
se ejerce en la oscuridad o en el abismo                
o en una mesa de disección.                       
                            No habrá de ser
de otra manera la escritura, si se quiere     
ver la muerte morir en el poema.

Si hablas de tu padre será con rencor
y no con el barato lloriqueo
de los pobres de espíritu. Odiarás

con honda intensidad lo que te quede
de él en la memoria. No es
imprescindible que el mundo se entere

de tu ruina pringosa, pero si
el poema lo requiere así, confiésalo
pero que sea solo una vez:

de tu dolor da cuenta tu silencio.
Arrasarás con todo lo que obstruya
la lectura fluida del poema,

entenderás, al cabo, que el silencio
es la onomatopeya de la muerte,
has de darle lugar en la elegía. Así                                     

evitarás la asfixia de lector.
Has de expulsar los ripios, con un látigo:
no entrarán en el templo de tu padre
fariseos ni ciegos mercaderes

de la palabrería.
                             Barrerás
con todo lo que no contribuya
al despliegue lujoso de la retórica

y lo demás entrégalo a los perros.
Entenderás por fin que una elegía
es cosa de vida o muerte.
           O bien, al menos
te será un sustituto del suicidio.                 

En el arte del corte de los versos
es maestra la muerte.
                                    Deberás          
aprender de ella, si pretendes
que tu elegía sea ejemplar:

un asunto tan delicado como la muerte
requiere tal manejo del oficio
que sería necesario la inmortalidad

para aprenderlo con éxito o morir.
No podrás desasirte del peso de una larga
tradición familiar en el oficio

(Padre, espíritu santo, santo, santo
el hijo: ni un gargajo moribundo
del talento del abuelo. Ni un terceto

construido con el mínimo sentido
de la musicalidad: una vergüenza)

Ni de las taras impuestas por tus malas lecturas
de la poesía del siglo de oro español.

Si escribes de tu padre que sea con violencia:
lo matarás de nuevo en tu elegía
no de otro modo lograrás el beneplácito

de la palabra habituada al abandono.
Que no tendrás sosiego mientras dure
la escritura del poema. Así de grave
                                  
y cojonudo el arte de escribir
sobre la piel de un cadáver.
                                Sólo quien
ve la muerte de su padre, podrá dar
notable fin a una elegía.
                                        (como éste)
¡Un remate que haga remorderse de envidia
-en su tumba-
a Quevedo, a Fray Luis, a Garcilaso!





Rafael Rubio
Chile – 1975

Licenciado en Letras. Miembro de una “dinastía” poética, Rafael Rubio es nieto del poeta Alberto Rubio e hijo del también poeta, Armando Rubio. Ingresa como becario, al taller de la Fundación Neruda, el año 1994.

Editó en 1988 “Arbolando”. Premio Gabriela Mistral (mención honrosa) 1996.
Premio Yo no me Callo 1997. Premio Armando Rubio (2001). Obtiene la beca de los talleres de la Biblioteca Nacional (1998). Antologado en "22 voces de la novisima poesía chilena ", "Antología de la joven poesía chilena Editorial Universitaria" (1999) Y en “Estación verso ".

  Roberto Juarroz

2 de marzo de 2012















35


Un día para ir hasta dios
o hasta donde debería estar,
a la vuelta de todas las cosas.

Un día para volver desde dios
o desde donde debería estar,
en la forma de todas las cosas.

Un día para ser dios
o lo que debería ser dios,
en el centro de todas las cosas.

Un día para hablar como dios
o como dios debería hablar,
con la palabra de todas las cosas.

Un día para morir como dios
o como dios debería morir,
con la muerte de todas las cosas.

Un día para no existir como dios
con la crujiente inexistencia de dios,
junto al silencio de todas las cosas.




Roberto Juarroz
Argentina (1925 – 1995)








De: Quinta Poesía Vertical (1974)

En: Poesía Vertical I - Ed. Emecé - 2005

  María Elena Walsh

28 de febrero de 2012





El señor Juan Sebastián


No son los ángeles que cantan,
no son los pájaros ni el mar,
es un señor lleno de cielo:
el señor Juan Sebastián.

Hace muchísimos inviernos
que, lloriqueando en alemán,
nació entre fusas y corcheas
el señor Juan Sebastián.

Era chiquito y las canciones
que le enseñaba su papá
las repetía para siempre
el señor Juan Sebastián.

Era gordito y con peluca,
indispensable como el pan
y cascarrabias a menudo,
el señor Juan Sebastián.

Soñando en órgano y en clave,
a su país angelical
llevaba a príncipes y a pobres
el señor Juan Sebastián.

Está contándonos un cuento
que no terminará jamás.
Dios le dictaba el argumento
al señor Juan Sebastián.




María Elena Walsh
Argentina (1930 – 2011)


Intérprete: Cuarteto Zupay