Estación Quilmes

  Rafael Rubio

5 de marzo de 2012













El arte de la elegía



Todo consiste en llegar al justo término
y después, dar a luz la voz: dejar
que se complete la muerte. Nadie va

a lamentar una metáfora imprecisa
ni un epíteto infeliz, cuando la muerte
está viva en el poema.
                                    Todo estriba
en simular que nos duele la muerte.
Sólo eso: hacer creer que nos aterra

morir o ver la muerte. Imprescindible
elegir una víctima que haga
las veces de un destinatario: el padre

o el abuelo o el que fuere, con tal
que su muerte haya sido lo bastante
ejemplarizadora como para

justificar una ira sin nombre. Impostarás
la voz hasta que se confunda con
el ciego bramido de una bestia. Así

infundirás piedad en tu lector.
Recomendable el terceto pareado si se quiere
seguir la tradición del abandono, leerás

la elegía de Hernández a Ramón Sijé
o la que en don Francisco de Quevedo, maestro
en el arte de la infamia versificada

inmortalizara a fulano de tal.
                                             Debe ser
virtuoso el uso del encabalgamiento:

echar mano a aliteraciones de grueso calibre
para reproducir la onomatopeya del desamparo
que la elegía debe -aunque no pueda- sugerir.

El uso de la rima debe ser implacable:
el primero con el tercero, consonante
con perfecta -aunque engañosa- simetría.

(El segundo con el primero del terceto
siguiente, encadenados, como están

ayuntados los bueyes de la angustia
en los vastos potreros del poema)

Importa sobre todo, la verosimilitud de
tu desgarro y no el desgarro mismo:  
el dolor puede ser de utilidad

siempre y cuando no atente contra la
rigurosidad del edificio
el templo del poema debe estar

sostenido por los números. Sólo eso
será garantía de profundidad
si se quiere atraer la compasión

de un lector habituado al verso libre.
No  importa la belleza. La verdad
será requisito indispensable

a la hora de urdir una elegía 
que merezca el prestigio de la muerte
o la inclusión gozosa y dolorosa

en el canon de la nueva poesía española.                              
Deberás entender a fin de cuentas
que el poema no es más que un ejercicio:

no va a hacer que se levanten los muertos
ni hará que tu padre retorne
del oscuro país de los dormidos

porque ya no habrá país del que volver
ni esperanza tampoco, ni poema.
 
Evitarás el troqueo, como quien
huye de si mismo.
                              El ritmo yámbico
será recomendable en estos casos
siempre cuando haya unidad de fondo y forma.

Repartirás los acentos de tal modo
de sugerir la solemnidad mas aplastante
el ritmo de una marcha funeraria
                 
o el réquiem de Mozart, por ejemplo:
tarea en extremo dificultosa
si se tiene el oído acostumbrado

al vicio del martillo o del tambor.               
El dolor es un lujo que muy pocos
pueden permitirse. Y si es así

que no sea sino un vulgar pretexto
para erigir el templo del poema: un
edificio cuyo lujo te avergüenza
ha de ocultar las ruinas sobre las que
                                     se sostiene:

palabras que desprecia el albañil.
                                                 El oficio
se ejerce en la oscuridad o en el abismo                
o en una mesa de disección.                       
                            No habrá de ser
de otra manera la escritura, si se quiere     
ver la muerte morir en el poema.

Si hablas de tu padre será con rencor
y no con el barato lloriqueo
de los pobres de espíritu. Odiarás

con honda intensidad lo que te quede
de él en la memoria. No es
imprescindible que el mundo se entere

de tu ruina pringosa, pero si
el poema lo requiere así, confiésalo
pero que sea solo una vez:

de tu dolor da cuenta tu silencio.
Arrasarás con todo lo que obstruya
la lectura fluida del poema,

entenderás, al cabo, que el silencio
es la onomatopeya de la muerte,
has de darle lugar en la elegía. Así                                     

evitarás la asfixia de lector.
Has de expulsar los ripios, con un látigo:
no entrarán en el templo de tu padre
fariseos ni ciegos mercaderes

de la palabrería.
                             Barrerás
con todo lo que no contribuya
al despliegue lujoso de la retórica

y lo demás entrégalo a los perros.
Entenderás por fin que una elegía
es cosa de vida o muerte.
           O bien, al menos
te será un sustituto del suicidio.                 

En el arte del corte de los versos
es maestra la muerte.
                                    Deberás          
aprender de ella, si pretendes
que tu elegía sea ejemplar:

un asunto tan delicado como la muerte
requiere tal manejo del oficio
que sería necesario la inmortalidad

para aprenderlo con éxito o morir.
No podrás desasirte del peso de una larga
tradición familiar en el oficio

(Padre, espíritu santo, santo, santo
el hijo: ni un gargajo moribundo
del talento del abuelo. Ni un terceto

construido con el mínimo sentido
de la musicalidad: una vergüenza)

Ni de las taras impuestas por tus malas lecturas
de la poesía del siglo de oro español.

Si escribes de tu padre que sea con violencia:
lo matarás de nuevo en tu elegía
no de otro modo lograrás el beneplácito

de la palabra habituada al abandono.
Que no tendrás sosiego mientras dure
la escritura del poema. Así de grave
                                  
y cojonudo el arte de escribir
sobre la piel de un cadáver.
                                Sólo quien
ve la muerte de su padre, podrá dar
notable fin a una elegía.
                                        (como éste)
¡Un remate que haga remorderse de envidia
-en su tumba-
a Quevedo, a Fray Luis, a Garcilaso!





Rafael Rubio
Chile – 1975

Licenciado en Letras. Miembro de una “dinastía” poética, Rafael Rubio es nieto del poeta Alberto Rubio e hijo del también poeta, Armando Rubio. Ingresa como becario, al taller de la Fundación Neruda, el año 1994.

Editó en 1988 “Arbolando”. Premio Gabriela Mistral (mención honrosa) 1996.
Premio Yo no me Callo 1997. Premio Armando Rubio (2001). Obtiene la beca de los talleres de la Biblioteca Nacional (1998). Antologado en "22 voces de la novisima poesía chilena ", "Antología de la joven poesía chilena Editorial Universitaria" (1999) Y en “Estación verso ".

  Roberto Juarroz

2 de marzo de 2012















35


Un día para ir hasta dios
o hasta donde debería estar,
a la vuelta de todas las cosas.

Un día para volver desde dios
o desde donde debería estar,
en la forma de todas las cosas.

Un día para ser dios
o lo que debería ser dios,
en el centro de todas las cosas.

Un día para hablar como dios
o como dios debería hablar,
con la palabra de todas las cosas.

Un día para morir como dios
o como dios debería morir,
con la muerte de todas las cosas.

Un día para no existir como dios
con la crujiente inexistencia de dios,
junto al silencio de todas las cosas.




Roberto Juarroz
Argentina (1925 – 1995)








De: Quinta Poesía Vertical (1974)

En: Poesía Vertical I - Ed. Emecé - 2005

  María Elena Walsh

28 de febrero de 2012





El señor Juan Sebastián


No son los ángeles que cantan,
no son los pájaros ni el mar,
es un señor lleno de cielo:
el señor Juan Sebastián.

Hace muchísimos inviernos
que, lloriqueando en alemán,
nació entre fusas y corcheas
el señor Juan Sebastián.

Era chiquito y las canciones
que le enseñaba su papá
las repetía para siempre
el señor Juan Sebastián.

Era gordito y con peluca,
indispensable como el pan
y cascarrabias a menudo,
el señor Juan Sebastián.

Soñando en órgano y en clave,
a su país angelical
llevaba a príncipes y a pobres
el señor Juan Sebastián.

Está contándonos un cuento
que no terminará jamás.
Dios le dictaba el argumento
al señor Juan Sebastián.




María Elena Walsh
Argentina (1930 – 2011)


Intérprete: Cuarteto Zupay

  El perro verde

25 de febrero de 2012












Entrevista realizada a José Mujica por Jesús Quintero para el ciclo uruguayo
de su programa "El Perro Verde" a mediados de la década de los noventa.

  Germán Arens

22 de febrero de 2012





Hombre solo


Hombre solo
 y a su lado los hombres
busca razón en su disposición a escribir
y al intentar dirigirse abiertamente
a sus desprecios
prescinde de veintisiete apellidos
pertenecientes a
políticos,
periodistas,
poetas,
enumerados con anterioridad
al inicio de estos versos.

Hombre solo
y a su lado los hombres
en la dirección general impositiva
sostiene su birome
 con la "poesía completa" de Osvaldo Lamborghini
y se pregunta
si en la hora del medio
cuando todos los caminos conducen al ombligo
la impaciencia es común.
Hombre solo
deja de escribir
ante el llamado de una cajera.





Germán Arens













Nació en Río Colorado  (Río Negro) en 1967.
Poeta, músico, fotógrafo y pintor.
Libros publicados: "Pueblada".Ediciones en Danza, "Versos de Gabino".El Suri Porfiado y "Los ojos del cordero"- 2010 -El Suri Porfiado.
Administra el blog http://poetasaltuntun.blogspot.com/

Obra fotográfíca: "carne 5" -  Germán Arens

  Jules Supervielle

19 de febrero de 2012

La niña de alta mar
de Jules Supervielle

Cortometraje de Laetitia Gabrielli, Pierre Marteel, Mathieu Renoux and Max Tourret. Musica de René Aubry.

  John Lennon

16 de febrero de 2012


 IMAGINA 




Imagina que no hay paraíso,
Es fácil si lo intentas,
Ningún infierno debajo de nosotros,
Arriba de nosotros, solamente cielo,
Imagina a toda la gente
Viviendo al día...

Imagina que no hay países,
No es difícil hacerlo,
Nada por lo que matar o morir,
Ni religiones tampoco,
Imagina a toda la gente
Viviendo la vida en paz

Imagina que no hay posesiones,
Me pregunto si puedes,
Ninguna necesidad de codicia o hambre,
Una hermandad del hombre,
Imagina a toda la gente
Compartiendo todo el mundo...

Tu puedes decir que soy un soñador,
Pero no soy el único,
Espero que algún día te nos unas,
Y el mundo vivirá como uno solo.

John Lennon

Nació el 9 de octubre de 1940, en Liverpool, Inglaterra. Su padre era Fred Lennon, un marino que abandonó su familia al nacer John. Su madre era Julia Stanley, quien, al verse sóla, dejó a John junto a su hermana Mimi. Integrante del grupo The Beatles.
Murió (asesinado) el 8 de diciembre de 1980. 


Pintura extraída de: http://solomepasami.blogspot.com/2011/12/el-poder-de-la-musica.html


Estación Quilmes agradece a:   PLAYING FOR CHANGE