Tres días de parto y el hijo no salía: -Tá trancado. El negrito tá trancado- dijo el hombre. Él venía de un rancho perdido en los campos. Y el médico fue. Maletín en mano, bajo el sol del mediodía, el médico anduvo hacia la lejanía, hacia la soledad, donde todo parece cosa del jodido destino; y llegó y vio. Después se lo contó a Gloria Galván: -La mujer estaba en las últimas, pero todavía jadeaba y sudaba y tenía los ojos muy abiertos. A mí me faltaba experiencia en cosas así. Yo temblaba, estaba sin un criterio. Y es eso, cuando corrí la cobija, vi un brazo chiquitito asomando entre las piernas de la mujer. El médico se dio cuenta de que el hombre había estado tirando. El bracito estaba despellejado y sin vida, un colgajo sucio de sangre seca, y el médico pensó: No hay nada que hacer. Y sin embargo, quien sabe por qué, lo acarició. Rozó con el dedo índice aquella cosa inerte y al llegar a la manito, súbitamente la manito se cerró y le apretó el dedo con alma y vida. Entonces el médico pidió que le hirvieran agua y se arremangó la camisa.
Si cuando que yo muera quieren escribir mi biografía, Nada hay más simple.
Sólo tiene dos fechas: la de mi nacimiento y la de mi muerte. Entre una y otra todos los días son míos.
Soy fácil de definir. Vi como un poseído. Amé las cosas sin sentimentalidad alguna. Nunca tuve un deseo que no pudiera realizar, porque nunca me cegué. Ni siquiera oír fuera para mí más que un acompañamiento de ver. Comprendí que las cosas son reales y todas diferentes unas de otras; comprendí esto con los ojos, nunca con el pensamiento. Comprenderlo con el pensamiento sería creerlas todas iguales.
Un día me entró sueño como a un niño cualquiera. Cerré los ojos y dormí. Aparte de esto, fui el único poeta de la Naturaleza.
(1935)
Fernando Pessoa Portugal (1888 – 1935)
De Poemas de Alberto Caeiro En “Poemas” Ed. Losada – 2010 Trad. De Marcelo Cohen
Y de los replanteos y recontradicciones y reconsentimientos sin o con sentimiento cansado y de los repropósitos y de los reademanes y rediálogos idénticamente bostezables y del revés y del derecho y de las vueltas y revueltas y las marañas y recámaras y remembranzas y remembranas de pegajosísimos labios y de lo insípido y lo sípido de lo remucho y lo repoco y lo remenos recansado de los recodos y repliegues y recovecos y refrotes de lo remanoseado y relamido hasta en sus más recónditos reductos repletamente cansado de tanto retanteo y remasaje y treta terca en tetas y recomienzo erecto y reconcubitedio y reconcubicórneo sin remedio y tara vana en ansia de alta resonancia y rato apenas nato ya árido tardo graso dromedario y poro loco y parco espasmo enano y monstruo torvo sorbo del malogro y de lo pornodrástico cansado hasta el estrabismo mismo de los huesos de tanto error errante y queja quena y desatino tísico y ufano urbano bípedo hidefalo escombro caminante por vicio y sino y tipo y líbido y oficio recansadísimo de tanta tanta estanca remetáfora de la náusea y de la revirgísima inocencia y de los instintitos perversitos y de las ideítas reputitas y de las ideonas reputonas y de los reflujos y resacas de las resecas circunstancias desde qué mares padres y lunares mareas de resonancias huecas y madres playas cálidas de hastío de alas calmas sempiternísimamente archicansado en todos los sentidos y contrasentidos de lo instintivo o sensitivo tibio remeditativo o remetafísico y reartístico típico y de los intimísimos remimos y recaricias de la lengua y de sus regastados páramos vocablos y reconjugaciones y recópulas y sus remuertas reglas y necrópolis de reputrefactas palabras simplemente cansado del cansancio del harto tenso extenso entrenamiento al engusanamiento y al silencio.
Mire, doña Soledad, póngase un poco a pensar, doña Soledad, cuántas personas habrá que la conozcan de verdad. Yo la vi en el almacén peleando por un vintén, doña Soledad. Y otros dicen: "haga el bien, hágalo sin mirar a quién".
Cuantos vintenes tendrá sin la generosidad doña Soledad, con los que pueda comprar el pan y el vino nada más. La carne y la sangre son de propiedad del patrón, doña Soledad: cuando Cristo dijo "¡no!", usted sabe bien lo que pasó. Mire, doña Soledad, yo le converso de más, doña Soledad, y usted para conversar hubiera querido estudiar. Cierto que quiso querer, pero no pudo poder, doña Soledad, porque antes de ser mujer ya tuvo que ir a trabajar.
Mire, doña Soledad, póngase un poco a pensar, doña Soledad, qué es lo que quieren decir con eso de la libertad. Usted se puede morir -eso es cuestión de salud- pero no quiera saber lo que cuesta un ataúd.
Doña Soledad, hay que trabajar..., pero hay que pensar.... no se vaya a morir..., la van a enterrar... Doña Soledad... Doña Soledad...